Hace unos días leía un artículo en el Frankfurt Allgemeine Zeitung sobre el “Arte en la crisis”; y este periódico alemán hacía un recorrido sobre la influencia que está teniendo en el mercado en el arte.  Y ahí, precisamente en la palabra mercado me detuve, ya que me parecía un sacrilegio unir la palabra mercado a la de arte; el arte es una religión y no un mercado. Este artículo me hizo recordar unas declaraciones hechas por un artista muy reconocido de nuestro tiempo, en las que trataba de justificar (¡sin necesidad!) los pagos recibidos por un encargo que pareció desproporcionado para muchos. Él se defendía de las críticas por el alto precio cobrado diciendo que todo el proceso seguido hasta la consecución de la obra, entre otras cosas, le había apartado del “mercado” durante muchos meses. Mercado-Arte, Arte-Mercado. Dinero y reconocimiento. ¡En fin!

Precisamente en esta comunión, a veces maldita es donde yo veo el peligro de que el artista, buscando quizás en primer lugar el reconocimiento, se eche en manos del mercado y pueda perder su libertad, “vender su alma al diablo” y ponerse a las órdenes de él a cambio de dinero y del mayor reconocimiento. Lo más triste de todo este proceso, si alguna vez existe, es que para llegar a ese estadio de negociación entre el arte y el mercado, el artista aunque sea bueno o muy bueno, pero como a la vez es humano, ese ego que nos acompaña como la misma sombra es a veces tan fuerte que suplanta a  la persona. La sombra siempre es negra y arrastrará a su oscuridad al artista, que una vez despojado de su libertad, su arte quedará reducido a un mero exponente de su sabiduría, que puede ser de maestro, pero de maestro amputado, porque le faltará la energía para llegar algún día a realizar la Obra de Arte.

Jorge Rando, Hamburgo, julio 2009