Lo único que puede deprimir a un pintor es perder algún asalto en la lucha por la creación.
Si pierde el combate no es pintor.

El pintor no debe ir “contra natura”, incluso las madres desean enseñar al niño que engendraron y presentarlo con sus mejores galas.

Las madres sólo guardan de la vista ajena lo que pueda herir la sensibilidad del subconsciente creado, pero nunca se avergüenzan de lo que han producido, aunque sea un adefesio.

El pintor ante todo es un ser humano; y el ser humano siempre tiene prioridades, es más si no las tiene, las debe tener; y si pierde todos los asaltos de la creación, debe concentrar todas sus energías en otra empresa de la vida y ayudar a hacer funcionar esa máquina del Gran Creador. Y en las pausas de su labor, si quiere pintar, que pinte.

La obra de un pintor nunca va a estar madura; la improvisación no existe.

La creación es infinita, así es que si la madurez la consideramos como el momento que se puede comer la fruta… el momento en que se puede enseñar una obra terminada y en cierto modo conseguida, entonces sí puede decirse que es una obra madura; pero si, por  el contrario, la madurez la interpretamos como la culminación de la obra, entonces creo que estamos equivocados, ya que la culminación de la obra del pintor está precisamente en eso, en la búsqueda continua de la Gran Obra y en ese camino es donde el pintor se puede realizar y dejar ese sendero cuajado de obras de arte, que sean como mojones que vayan marcando el camino de la Verdad del Arte.

En el arte no hay que buscar, sólo mirar a nuestro alrededor y hacerlo todo nuestro e interpretarlo en el lienzo, simplemente pintándolo de la manera que se sepa hacer, porque la grandeza de la pintura está en eso, en pintar, y sólo eso debe de engrandecer y satisfacer al pintor.

Jorge Rando, Málaga, septiembre de 2000