…Hallándose el filósofo varado en su continua lucha buscando el porqué de las cosas, pasó por su lado el pintor que venía de escuchar unos versos de su amigo el poeta, a los que ya el músico había puesto su mejor melodía.

El pintor se detuvo delante del filósofo y lo miró fijamente queriendo interpretar en su mirada los pensamientos que le abstraían.

Estando en este menester, llegó el poeta y admiró lo bucólico y, a la vez, extraño de aquellos dos seres que miraban, uno al infinito y el otro a una retina. Desde lejos los observaba el músico que, mirándose los dedos, quiso participar en aquella escena poniendo música a aquel encuentro que iba a ninguna parte.

El pintor se preguntaba qué respuesta le preocupaba tanto al filósofo para estar mirando al infinito durante horas, sin darse cuenta de que eran las mismas horas que él había consumido dibujando en su retina toda la historia imaginada. El poeta, que formaba ya parte de la escena, la llenaba de ditirambos. El músico por su parte ya estaba rellenando pentagramas.

En un momento de ese tiempo, que nunca se para porque viene y se va, el filósofo, sintiéndose observado, se dirigió al pintor y le confesó sus dudas, a las que no encontraba respuesta, sobre la interpretación de una obra maestra que, a pesar de observarla y analizarla, no podía comprender y…. no lograba entender cómo el pintor había logrado plasmar algo, que él, aunque lo veía, no sabía interpretar… Por otro lado… estaba claro.

El pintor le contestó que nunca llegaría a saber el porqué de esa obra de arte, ya que ni el mismo artista que la realizó lo supo jamás. También le dijo que una obra de arte no se analiza, sino que hay que sentirla, hacerla suya, comulgar con ella y dejar que sea ella la que se explique. Y le indicó que tenía que dejar por un momento de ser filósofo y convertirse en el último alumno de la clase para, así, despojado de toda sabiduría, poder asimilar la Verdad del arte, que es la que viene del interior del artista y sólo se puede percibir desde el interior.

El pintor, después de un tiempo de silencio entre ambos, le respondió que los poetas son los que verdaderamente llegan al interior de una obra de arte, son los que rompen las envolturas exteriores y se adentran en las entrañas de esos volúmenes y formas, que a veces ni el propio pintor que los creó llega a saber el porqué de esas extrañas pinceladas. Es el poeta el que lanza su alma al interior de esos colores para encontrar el alma de esa obra ya realizada y recién nacida que quiere darse a conocer.

El filósofo volvió a preguntar al pintor si entonces es sólo el poeta el que es capaz de interpretar la obra de arte; a lo que el pintor le contestó que… no es el poeta, sino el alma de poeta que llevamos la gran mayoría de los humanos en nuestro interior y a la que tenemos que dar la libertad de poderse expresar ante la contemplación de una obra de arte.

El músico estaba escuchando esta conversación muy interesado. En un momento determinado el pintor, dirigiéndose de nuevo al filósofo y señalando al músico, le dijo que él también podía interpretar un cuadro con su música, convirtiendo los colores en notas y los matices en allegro o andante. Sólo el arte puede enjuiciar el arte. Sólo el alma puede comprender al alma.

El artista, cuando logre desnudarse ante el lienzo y se ofrezca como un instrumento más en el proceso de la creación, sólo entonces podrá recrear una obra que se podrá decir que es una obra de arte.

Jorge Rando, Málaga, diciembre 2000