El movimiento del color te hace descubrir lo oculto. El color no tiene que ser una muralla entre el lienzo y el pintor, sino que al contrario se tiene que convertir en hoja de morera que alimente al gusano, que es el embrión de lo desconocido y que se convertirá en belleza en los pinceles del artista.

El arte de pintar es el arte de amar; sin amor no pueden existir sentimientos sublimes, que son los que al final configuran la obra maestra que todo pintor quisiera pintar aun a sabiendas de que esa obra no existe, ya que lo que sí existe es el camino real para llegar a esa obra tan lejana como imposible de realizar, porque el pintor en cada cuadro va a descubrir otra cámara oculta que encierra nuevos embriones desconocidos que nacen y esperan que alguien los convierta en belleza, en la belleza que sólo puede provenir del alma del pintor que intenta retratar su reflejo y, como un espejo poliédrico, presentar sus sensaciones ante todo lo que le rodea y que él quiere captar desde el interior para después sacarlo y presentarlo al exterior.

Todo lo que es intrínseco ha sido antes extrínseco. El alma sólo puede amar y crear a partir de lo conocido; una vez asimilado lo conocido, aunque sea incomprensible, convertido ya en sentimientos íntimos, es cuando se torna en algo intrínseco; y de esa forma el artista, a partir de su propia evolución espiritual, puede llegar a lo más cerca de la creación, porque lo verdadero y puro de la creación o, mejor dicho, de la recreación, es lo que sale del alma del artista, pues mediante esa transformación es como nace la obra de arte, teniendo al artista como instrumento de sí mismo.

El Arte de pintar es Arte de Amar.

Jorge Rando, Colonia, noviembre 2002