Soy pintor y soy feliz leyendo poesía, escuchando música, observando la naturaleza;  sin embargo, no soy feliz pintando. Cuando leo, escucho u observo, dejo ir con entera libertad a mis pensamientos, a mis deseos, y se olvidan mis frustraciones; pero, cuando pinto me doy perfecta cuenta de mis limitaciones y de mi impotencia. Cuando observo una yeguada de caballos o una jauría de perros, una piara de cerdos o un rebaño de ovejas, me transmiten sensaciones que nunca se podrían captar con una máquina fotográfica, ya que el momento concreto quedaría plasmado en la fotografía con toda fidelidad, aunque sólo ese momento; mientras que, si el alma del pintor ve pasar esa piara de cerdos, por ejemplo, capta no sólo la plástica y el movimiento, sino todas las sensaciones que, a través del tiempo le han producido los cerdos, pasando por su mente imágenes en que los protagonistas son los cochinos, como cuando de niño miraba con ojos de admiración en el campo al cerdo cebado, al que toda la familia cuidaba pensando en la matanza y en la fiesta. Cuando lo observabas, ya de mayor, pastar en el campo, cuando por la autopista te cruzabas con un camión lleno de ellos camino del cruel matadero, o cuando entras en el supermercado y te encuentras, al fondo, el mostrador de la carne y la chacina… ves los jamones como adorno sublime colgando majestuosamente de sus ganchos … Todo esto no se puede captar en un momento con una simple fotografía. Todas estas sensaciones son las que yo, como pintor, quiero plasmar en el lienzo, cuyo resultado, con una sabiduría limitada y con un instinto ilimitado en el tiempo, es lo que queda para que, una vez pintado el cuadro, el pintor se retire de la obra y sea un espectador más que esté en disposición de hacerle al cuadro las preguntas que le haría a otra obra que estuviera observando y amando.

Jorge Rando, Málaga, enero 2003