En muchos de mis escritos, cuando expreso mis pensamientos o sentimientos sobre el arte en general o sobre la pintura en particular, hablo del amor; esta palabra tan hermosa la utilizo en todo su significado y todo lo que abarca, porque el amor es también sufrimiento, es deseo, es trabajo, es, en fin, la vida misma. Todo se mueve por amor; por eso la creación sin amor es sólo color sin alma.

Cuando se pasea la vista por el mapa de África y se abre una ventana para mirar lo que ocurre en ese maravilloso continente, se te hiela el alma de ver tanto sufrimiento, pero se hiela el alma por amor; y por amor sufres con ellos, y por amor pintas esas tragedias, y por amor te entran esos dolores de cabeza tremendos cuando estás pintando a esos esqueletos vivientes llevados por sus madres a ninguna parte, por amor pintas frenéticamente todos los horrores que, si te dejaran indiferente, es porque en ti no existe ese sentimiento del amor. A veces, ante una maldad cruel, se suele decir… es que no tiene sentimientos… ¡Falso!, sí tiene sentimientos, pero no tiene amor.

Quiero despojar a la palabra amor de la cursilería de los grandes almacenes, de la propaganda del 14 de febrero. El amor es más que todo eso y, sobre todo, es más serio que un bombón con cajita roja.
Cuando el artista crea desde el interior, crea desde el amor; el interior del artista es amor.

Hay una frase de arraigo popular que se dice para expresar cuando se hace algo sin esperar nada a cambio, hacer algo por hacerlo; esa frase es “por amor al arte”, porque el arte debe de ser puro y los artistas tenemos que hacer todo lo que esté de nuestra parte para mantener intacta la pureza en el arte, esa pureza que nace por amor y que por ese mismo amor se hace infinita. Para que todo lo que tenga que ver con el arte, y no sólo el artista, siga teniendo ese amor por el arte y que esa sensación sea más fuerte que el mercantilismo que hoy lo emponzoña todo, es el artista el único que “por amor al arte” puede empezar a luchar contra todo lo que se está pudriendo en el llamado Mundo del Arte, que en gran manera está en manos de buenos comerciantes que se sirven del arte sin amarlo y han contaminado con el poder del dinero, incluso, a buenos artistas, que se dejan llevar por los senderos ya marcados por esos mercachifles, que sólo quieren ganar dinero a costa del arte. Por suerte queda quien pinta “por amor al arte” y también mercaderes del arte “por amor al arte”.

Jorge Rando, Málaga, enero 2003