Allá por los años setenta me enfrenté, por vez primera, a unos dibujos de Käthe Kollwitz. Posteriormente, tuve la satisfacción de ver algunas de sus esculturas; pero fue hace unos siete años cuando tuve el gozo de poder contemplar en Colonia y en Berlín, aquí en su propio museo, una parte muy importante de sus escritos, bocetos, dibujos y esculturas. Esta contemplación y conocimiento de su obra y el momento social y político en que se produjo, así como su propia tragedia personal, fue lo que me hizo meditar, una vez más, sobre el amor en la creación. Sólo con el dolor no se puede crear, tiene que existir el amor que convierta ese dolor en esperanza.

Un día decidí, basándome en algunos bocetos suyos, hacer unos cuadros, que, pintados por mí, tuviesen algo suyo y que fuese “un recordatorio” a Käthe Kollwitz artista, un “memorándum” y no un homenaje, ya que creo que los homenajes hay que hacerlos en vida y los recordatorios “post mortem”.

La crucifixión no es el final sino el principio de la vida eterna.



Jorge Rando, Berlín, septiembre 2003