Cuando el pintor da por terminada una obra, ahí no acaba todo, sino que por el contrario es cuando comienza la vida y andanzas del cuadro. Si se escribiera la vida de cada cuadro, se daría uno cuenta de la afirmación mía. Yo he sido testigo de muchísimas historias, o mejor podíamos llamarlas razones, por las que alguien decidió comprar un día un cuadro sin pensar en inversión ni tampoco en análisis, sino  por otras causas más profundas. A continuación paso a narrar una de ellas.

Ocurrió en mi exposición en la galería Nova de Málaga, en noviembre de 2001. Estábamos descargando los cuadros para comenzar a colgarlos cuando pasó por delante de la Galería una señora (ya fallecida) y, parándose, se fijó en uno de ellos que representa a una “madre de las pinturas africanas” la cual sostiene, a su hijo moribundo y que a la vez está rodeada de otros niños… que no son niños vivos… que están muertos… muertos que quieren vivir.

Este cuadro, propiedad del pintor que esto narra junto a otros que expresan los horrores de las guerras y las miserias de África iba a ser expuesto con el nombre de “La Teología de la Expresión”, sólo para su contemplación y no para su venta. Sin embargo, la señora protagonista de esta historia preguntó al galerista por el precio del cuadro y, al responderle éste que no estaba en venta, ella quiso insistentemente hablar con el pintor. Cuando me localizó, dirigiéndose a mí me dijo que deseaba el cuadro porque ella veía reflejado su dolor en él, y había podido hablar con esa madre que tanto sufría; me dijo que pagaría todo lo que pudiese por él porque quería seguir ese diálogo en su casa y en la intimidad mientras viviera.

Le vendí el cuadro por lo que quiso y pudo pagar. La señora era pintora; a los tres meses de comprar el cuadro realizó una exposición de sus últimos trabajos y, cuando finalizó su exposición, murió. Estaba enferma de cáncer y el día que vio por primera vez el cuadro había salido del hospital de un tratamiento con radioterapia.

Cada cuadro tiene su propia vida que siempre es ajena a su creador, ya que en el momento en que la Obra está acabada deja de ser suya y, al tener vida propia, comienza su propia andadura.
  

Jorge Rando, Madrid, noviembre 2003