En mi exposición en Madrid, en septiembre de 2003, en la Fundación Carlos de Amberes, presentaba una antología de mis últimas creaciones y también alguna obra de años anteriores para que sirvieran de eslabón entre lo presente y lo pasado.  Había en esta muestra una obra que representaba a cuatro palomas iniciando el vuelo, adentrándose en el infinito de un cielo azul, con todos los matices de azul y cielo que fui capaz de captar para que acogieran ese movimiento de paz infinita.

Una señorita se me acercó y me preguntó por el precio de ese cuadro; al presentarse la exposición en una Fundación y no en una galería, las pinturas no estaban a la venta. A pesar de todo, insistió en adquirir el cuadro. Ella me comentó cuáles eran sus posibilidades económicas y la forma cómo podía pagarlo.

Al preguntarle yo qué es lo que había visto en él y porqué tanto interés en adquirirlo, ella me respondió que tenía a su madre muy enferma y quería ese cuadro para ponerlo sobre un caballete en su dormitorio (de su madre se entiende), para que pudiera contemplarlo y le pudiese transmitir la paz y sosiego que a ella le transmitía, que pudiera soñar que hay un mundo mejor que está en ese cielo que ella veía y al que se dirigían esas palomas… Le regalé el cuadro.

Jorge Rando, Madrid, noviembre 2003