Alguna que otra vez me he detenido a pensar sobre la estimulación que necesita el artista para la creación. Se ha escrito mucho sobre el tema y ha habido análisis desde todos los ángulos, tanto de la época que les tocó vivir a algunos como a la forma en que vivieron; y hasta se llegó a creer que todos los artistas, para poder expresarse con libertad, tenían que ser bohemios y vivir de forma diferente a sus congéneres, ser una especie rara dentro de la especie humana. De hecho a veces hasta se auto-marginaban para ser más artistas. La naturaleza humana es muy compleja, y si un artista, por ejemplo, fuese un esquizofrénico, sería algo inherente a él y es hasta posible que en algunos de sus ataques se estimule con una fuerza que quizás en sus momentos lúcidos no posea, lo que pinte bajo esa influencia lo realiza porque es artista y no porque sea esquizofrénico. La creencia de que la verdadera creación va unida a las penalidades que pueda sufrir el artista, ya sean calamidades debida a alguna enfermedad o a carencias económicas, es totalmente errónea, ya que ese estímulo nacido de la necesidad te influye, pero al mismo tiempo te está quitando parte de esa libertad total, tanto física, como psíquica; y quizás esas necesidades, que incluso en algunos momentos han podido expoliar a la creación como un refugio, por otra parte te está limitando, porque en el subconsciente persiste el deseo de supervivencia, el deseo de comer, de poder descansar cómodo, de no pasar frío...

En esos momentos el artista se puede refugiar en su arte y crear con rabia, pero la obra será buena si el artista es bueno y si, por el contrario, el artista es mediocre, pase o no pase hambre, la obra será mediocre.

Volviendo a los estímulos que pueden influir en el arte y en el creador, hay uno supremo que es el amor, la fuerza del amor es inmensa, por no llamarla infinita, siendo tan fuerte que hace que el artista convierta en belleza incluso la tragedia, porque la vive con amor bien es verdad que también con impotencia. El amor es una sensación que viene del interior más profundo del ser humano, de ese interior que es de donde tiene que emerger el arte puro, el arte por sí mismo, el arte por el arte. Por  eso el triunfo del pintor, del poeta, del escritor, del escultor, del músico está en pintar, en escribir, en tallar, en componer; está en el momento de la creación, sin trabas, mirando sólo de soslayo al pasado y sin pensar en el futuro, y siendo entonces cuando triunfará como artista.

Una vez que la obra está realizada y el propio creador la puede contemplar, ya tiene su premio y su éxito, sin entrar en consideraciones sobre la bondad de la obra, y sin entrar en las comparaciones a que tanto somos dados los humanos.

¿Cómo es posible comparar una obra de Velázquez con una de Monet, o a Goya cotejarlo con Picasso? Cada artista tiene un principio y un fin, que es su principio y su fin; y nadie del exterior puede analizar algo que nace del interior, ni siquiera el propio creador de su obra ya que, en el momento que la da por terminada y la presenta, deja de ser suya y pasa a ser un ente con vida propia que él ha creado para que deje de pertenecerle, como cuando la madre da a luz al hijo, pues da vida a un ser independiente de ella, con vida y sentimientos propios, que se irá desarrollando en su entorno y continuamente irá constituyendo su propia personalidad.

Amor, alma y personalidad…, tres palabras sublimes que se pueden aplicar no solo al ser humano, sino también a la obra que cree ese ser.

El amor es imprescindible para vivir; sin amor la vida deja de tener sentido. El alma la poseemos para toda la eternidad, pero, en último extremo la personalidad es lo que nos hace diferenciarnos del resto de los seres humanos con los que convivimos, nos unimos, a los que amamos y, en ocasiones lamentablemente, también despreciamos.

La obra de arte es como la vida misma, tiene que estar realizada con amor, tiene que tener alma y a la par tiene que tener personalidad propia, tiene que  presentarse ante el público en su pureza para establecer esa comunión necesaria entre la obra y el que la quiere contemplar; y esa comunión sólo se establecerá si el espectador va predispuesto a ello.

Cuando voy a visitar exposiciones o museos, a veces “se me cae el alma” al observar a tanta gente que mira un cuadro como si observara al carnicero de la esquina cómo le pesa el kilo de chuletas, o como miran al semáforo cuando está en rojo. Verde, ámbar, rojo, tres colores de semáforo que se miran como señal para cruzar la calle; esa es la sensación que me dan muchos visitantes de exposiciones de arte… que pasan de un cuadro a otro y sólo han visto los colores del semáforo.

Jorge Rando, Málaga, enero de 2006 (día de Reyes)