Estoy hojeando, y ojeando, una revista del 2007, en la que se dedica un special a la ciudad de HAMBURG. Las fotografías que acompañan a los artículos son muy buenas y bien conseguidas en lo que se refiere al color; y esta contemplación me transporta, una vez más, a la reflexión del color y la pintura, de la línea y la forma, y llegando a la pregunta que me hago una y mil veces: ¿dibujo sí, dibujo no? Al hacerme esta pregunta no estoy ni pensando ni dudando de la importancia del dibujo, que yo considero imprescindible “per se” para un pintor; estoy reflexionando sobre la importancia e independencia del dibujo en el arte, el dibujo es por sí mismo arte, como lo es la escultura o la poesía.

Y ahora retomo la pregunta a mí mismo dibujo sí, dibujo no. Me refiero, en el análisis de esta disyuntiva, a que si el cuadro que se va a pintar sobre el lienzo blanco debe ser antes dibujado como guía para el artista.  Unos dicen que el dibujo ayuda a componer la obra que se va a realizar, y otros dan diversas explicaciones que justifican lo de dibujar el cuadro antes de pintarlo. Todas las “formas” son válidas siempre que ayuden a la libertad de expresarse del artista; y ahí precisamente, en lo que se refiere a la libertad total en la ejecución  de la obra de arte, es donde radica “esa libertad”, que no debe tener atadura de ningún tipo, pues un dibujo previo te coarta tu libertad en el momento de la creación, ya que te está marcando el camino que deben seguir los pinceles en la realización material del cuadro. Se me podrá argüir al respecto que ese dibujo es sólo un boceto para situar las figuras “o lo que sea” en el lienzo; yo, sin embargo, creo que en vez de ser una ayuda para el pintor puede convertirse en todo lo contrario, en una lucha entre dibujo y color, entre líneas y formas, que al final puede convertir al pintor en un árbitro de una contienda que él mismo ha provocado y apartarlo de su verdadero quehacer, que es PINTAR, y para eso ya dispone de las manos y las “entrañas”. El dibujo previo en el lienzo obliga al pintor a seguir unas líneas marcadas de ante mano... aunque sean hechas por él mismo; y ello hace que la “total” libertad creativa se pueda ver mermada, aunque sólo sea en “esos momentos” de trance en el que tus manos son llevadas, y tú te entregas como mero instrumento en ese proceso creativo. Ese ser y no ser, ese estar y no estar requiere en el pintor una lucidez que sólo se consigue con la entrega de un neófito, porque cada obra nueva es un ente nuevo que quiere nacer libre y presentarse en todo su esplendor y sin “borrones”.

Muchos se preguntarán que, según estos argumentos míos, los maestros del pasado, que incluso utilizaban cuadrículas, no pintaban con libertad. A esto yo respondería que esos maestros se valían de esos métodos para reproducir una obra que ya habían creado, por lo que era una fase segunda o tercera de una “reproducción”.

En realidad esos “verdaderos maestros”, que los ha habido y hoy siguen existiendo, que dibujan en el lienzo la obra que van a realizar, también trabajan y realizan su pintura con entera libertad, ya que la obra que realizan no es SOBRE el dibujo previo, sino que su obra creativa comienza con la realización de ese dibujo que forma ya parte de esa creación.

En todos mis escritos, que unas veces son pensamientos filosóficos o teológicos sobre el arte y otras son meras divagaciones, tan solo pretendo -si lo consigo todavía mejor-, expresar una serie de pensamientos, ideas y conclusiones que van surgiendo en el trabajo y en los días, sin pretender que sean una verdad absoluta, sino mi verdad... y en ese momento..., con todas las influencias interiores y exteriores y casi siempre fruto de mi incapacidad, es por lo que intento como pintor desnudarme para poder expresarme con mi pintura con la mayor pureza.

Jorge Rando, Hamburgo, julio 2007