Todos los días estamos oyendo (pero, ¿lo escuchamos?) y viendo (pero, ¿lo sentimos?) los horrores que ocurren a nuestro alrededor: guerras, atentados, terrorismo, violaciones, asesinatos, masacres, injusticias, abusos, huidas... ¿hacia dónde?, hambrunas... muertes..... Yo también lo oigo y lo veo pero sí lo escucho y lo siento. La escena es siempre la misma: el cordero y el matarife; es revivir diariamente una Pasión.

Todo esto me lleva a rememorar la Pasión de Nuestro Señor, el gran misterio de la muerte y la Resurrección, el preguntarme continuamente el porqué mandó Dios a su propio Hijo a morir por nosotros y a ofrecernos la Vida Eterna.

¿Qué hacemos los hombres para merecer que todo un Dios hecho hombre se inmolara para salvarnos? ¿Cómo le explicamos al mismo Dios, que todo lo sabe, lo que aquí está pasando? ¿Cómo le justificamos lo de los millones de niños que mueren de hambre? ¿Le decimos que antes gritábamos y que ya, al quedarnos roncos, sólo nos queda el grito de la oración? ¿Tuvo la Pasión de Nuestro Señor una razón de ser?... Para mi sí la tuvo. ¡No la va a tener!, si fue el mismo Hijo del Padre el que murió en la Cruz por nosotros.

Siempre en mi mente, y sobre todo en estos últimos años, ha estado martilleándome la palabra Pasión, lo que me ha llevado muchas veces a cerrar los ojos e imaginar, en mis limitaciones, los hechos ocurridos hace dos mil años. Un día a este pintor se le ocurrió hacer un viaje en el tiempo y rememorar con líneas y manchas de color la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo vista y sentida en este siglo XXI; y así fue como nació la Pasión en la pintura de Rando.

Mi Pasión... quiere salir de las tinieblas y entrar en la Luz de la Esperanza, en la Luz de la Resurrección, en la Luz de la Felicidad, en la Luz de las luces, que es la Luz del Amor.

Dios nos amó tanto que nos envió a su Hijo a morir por nosotros... pero como el Hijo era Dios resucitó; y eso es precisamente lo que yo quiero que ocurra en mi Pasión: que Jesucristo se baje de la Cruz y que jamás nosotros lo volvamos a subir a ella, que Él tampoco se deje crucificar, que la Cruz permanezca como símbolo de la cristiandad pero vacía, que al mundo y a la Iglesia (todos somos Iglesia) llegue ese mensaje de Esperanza cumplida de vida y no de muerte, que esta Pasión sea Vida, sea Amor.

¡Vamos todos a salir de la obscuridad!  ¡Volvamos a la Luz del  Amor!
¡Convirtamos los gritos de protesta en gritos de oración, pero... con los ojos abiertos!

Como pintor siempre he manifestado que los cuadros tienen vida propia y que, cuando el artista da la última pincelada en el lienzo, su misión ha terminado y la obra pasa a ser autónoma y sólo es propiedad del “mirador de cuadros”. Quizás ésta sea la causa por la que no me gusta titular mis pinturas, ni tampoco explicarlas para no influir absolutamente nada en el diálogo pintura – mirador; que ellos se entiendan y se interpreten sin ninguna injerencia externa, ni siquiera la del artista.

Y termino recordándome y recordando que el único Creador es Dios..., y nosotros, los que estamos aquí, sólo podemos recrear; y, si nos dejamos llevar por Él, quizás logremos realizar algo que se pueda llamar Obra de Arte.

Jorge Rando, Málaga, marzo 2008