Todos mis escritos, pensamientos o reflexiones sobre el arte en general y sobre la pintura en particular no nacen, ni quiero que nazcan, de conocimientos adquiridos en mis estudios y lecturas sobre arte, sino de mi experiencia en el trabajo diario en mi estudio... las dudas..., a veces la impotencia..., el concepto filosófico de la pintura... que en ocasiones te lleva a la teología..., el esfuerzo mental de interiorizar lo que vayas a realizar.
En todo ese proceso hasta que la obra está terminada se recorre un largo camino...lienzo, pinceles, tubos de pintura, conocimientos adquiridos, problemas que se puedan presentar, la solución de los mismos, siempre en orden a buscar la verdad en el arte... Esta es la razón por la que escribo y saco a la luz mediante estas “reflexiones” esos pensamientos y conceptos que siempre me acompañan en mi quehacer de artista.
Jorge Rando, Málaga, enero 2000
En mi pintura pretendo crear un círculo de armonía entre pinceles, colores, lienzo y yo mismo, de tal manera que el resultado quede plasmado en la obra.
En mi faceta de pintor no sé adónde voy a llegar, pero lo que sí sé es que nunca intentaré complicar la pintura.
El pintor tiene que creer en su obra aun a sabiendas de sus carencias, ya que, si busca la verdad en la expresión, nunca va a estar satisfecho de sí mismo porque, al terminar un cuadro, en ese momento se le abre la puerta de un nuevo reto, una nueva forma de expresarse; la misma impaciencia del pintor le hace convertirse en un investigador continuo de formas de expresión, y no acomodándose nunca a la inmovilidad.
Jorge Rando, Málaga, enero 2000
No puedo dar ningún mensaje. ¿Quién soy yo para dar mensajes? El mensaje está ahí, en la propia naturaleza; sólo hay que observarla y sacar cada uno “su mensaje”, el suyo, el individual, el que te dicte tu propio instinto.
La pintura, como la belleza o la fealdad, no hay que comprenderla, sólo tiene que producirte sensaciones.
Jorge Rando, Málaga, enero 2000
Lo único que puede deprimir a un pintor es perder algún asalto en la lucha por la creación.
Si pierde el combate no es pintor.
El pintor no debe ir “contra natura”, ya que hasta las madres desean enseñar al niño que engendraron y presentarlo con sus mejores galas.
Las madres sólo guardan de la vista ajena lo que pueda herir la sensibilidad del subconsciente creado, pero nunca se avergüenzan de lo que han producido, aunque sea un adefesio.
El pintor ante todo es un ser humano; y el ser humano siempre tiene prioridades, es más si no las tiene, las debe tener; y si pierde todos los asaltos de la creación, debe concentrar todas sus energías en otra empresa de la vida y ayudar a hacer funcionar esa máquina del Gran Creador. Y en las pausas de su labor, si quiere pintar, que pinte.
La obra de un pintor nunca va a estar madura; la improvisación no existe.
La creación es infinita, así es que si la madurez la consideramos como el momento que se puede comer la fruta... el momento en que se puede enseñar una obra terminada y en cierto modo conseguida, entonces sí puede decirse que es una obra madura; pero si, por el contrario, la madurez la interpretamos como la culminación de la obra, entonces creo que estamos equivocados, ya que la culminación de la obra del pintor está precisamente en eso, en la búsqueda continua de la Gran Obra y en ese camino es donde el pintor se puede realizar y dejar ese sendero cuajado de obras de arte, que sean como mojones que vayan marcando el camino de la Verdad del Arte.
En el arte no hay que buscar, sólo mirar a nuestro alrededor y hacerlo todo nuestro e interpretarlo en el lienzo, simplemente pintándolo de la manera que se sepa hacer, porque la grandeza de la pintura está en eso, en pintar, y sólo eso debe de engrandecer y satisfacer al pintor.
Jorge Rando, Málaga, septiembre de 2000
¿La brisa del mar te golpea o te acaricia? ¿El ruido de las olas te ensordece o es música en tono de mar? ¿Se puede pintar la sensación de una caricia? ¿Se puede pintar el ruido de las olas? ¿Se puede pintar la sensación de la música?
El mar mudo es un mar incompleto, ¿ruido o música? Hay sensaciones que no se pueden transmitir; los sentimientos son y están, y nada más.
Cada vez que pienso que estoy conmigo en mi solo interior, por encima de mis reflexiones está el sentimiento rey, el AMOR. La pregunta se puede volver a repetir una y otra vez en el día, en la hora, en el caos. Yo tengo mi respuesta encerrada. Tú eres el Amor, tú eres mi Amor.
Jorge Rando, navegando, octubre 2000
Hay ocasiones en que todo pintor y todo artista tienen necesidad de escribir y transmitir sus sensaciones, su lucha interior en el proceso de su trabajo con sus pinceles y sus demonios.
No sólo existe el círculo y el triángulo, también existen los pentágonos.
Jorge Rando, Colonia, noviembre 2000
... Hallándose el filósofo varado en su continua lucha buscando el porqué de las cosas, pasó por su lado el pintor que venía de escuchar unos versos de su amigo el poeta, a los que ya el músico había puesto su mejor melodía.
El pintor se detuvo delante del filósofo y lo miró fijamente queriendo interpretar en su mirada los pensamientos que le abstraían.
Estando en este menester, llegó el poeta y admiró lo bucólico y, a la vez, extraño de aquellos dos seres que miraban, uno al infinito y el otro a una retina. Desde lejos los observaba el músico que, mirándose los dedos, quiso participar en aquella escena poniendo música a aquel encuentro que iba a ninguna parte.
El pintor se preguntaba qué respuesta le preocupaba tanto al filósofo para estar mirando al infinito durante horas, sin darse cuenta de que eran las mismas horas que él había consumido dibujando en su retina toda la historia imaginada. El poeta, que formaba ya parte de la escena, la llenaba de ditirambos. El músico por su parte ya estaba rellenando pentagramas.
En un momento de ese tiempo, que nunca se para porque viene y se va, el filósofo, sintiéndose observado, se dirigió al pintor y le confesó sus dudas, a las que no encontraba respuesta, sobre la interpretación de una obra maestra que, a pesar de observarla y analizarla, no podía comprender y.... no lograba entender cómo el pintor había logrado plasmar algo, que él, aunque lo veía, no sabía interpretar... Por otro lado... estaba claro.
El pintor le contestó que nunca llegaría a saber el porqué de esa obra de arte, ya que ni el mismo artista que la realizó lo supo jamás. También le dijo que una obra de arte no se analiza, sino que hay que sentirla, hacerla suya, comulgar con ella y dejar que sea ella la que se explique. Y le indicó que tenía que dejar por un momento de ser filósofo y convertirse en el último alumno de la clase para, así, despojado de toda sabiduría, poder asimilar la Verdad del arte, que es la que viene del interior del artista y sólo se puede percibir desde el interior.
El pintor, después de un tiempo de silencio entre ambos, le respondió que los poetas son los que verdaderamente llegan al interior de una obra de arte, son los que rompen las envolturas exteriores y se adentran en las entrañas de esos
volúmenes y formas, que a veces ni el propio pintor que los creó llega a saber el porqué de esas extrañas pinceladas. Es el poeta el que lanza su alma al interior de esos colores para encontrar el alma de esa obra ya realizada y recién nacida que quiere darse a conocer.
El filósofo volvió a preguntar al pintor si entonces es sólo el poeta el que es capaz de interpretar la obra de arte; a lo que el pintor le contestó que... no es el poeta, sino el alma de poeta que llevamos la gran mayoría de los humanos en nuestro interior y a la que tenemos que dar la libertad de poderse expresar ante la contemplación de una obra de arte.
El músico estaba escuchando esta conversación muy interesado. En un momento determinado el pintor, dirigiéndose de nuevo al filósofo y señalando al músico, le dijo que él también podía interpretar un cuadro con su música, convirtiendo los colores en notas y los matices en allegro o andante. Sólo el arte puede enjuiciar el arte. Sólo el alma puede comprender al alma.
El artista, cuando logre desnudarse ante el lienzo y se ofrezca como un instrumento más en el proceso de la creación, sólo entonces podrá recrear una obra que se podrá decir que es una obra de arte.
Jorge Rando, Málaga, diciembre 2000
Ante lo que está ocurriendo todos los días en este mundo nuestro y en esta época que nos ha tocado vivir y contemplar, no se puede estar de mero espectador, asombrándose, condenando y viviendo.
Tenemos que hacer algo. Los humanos que compartimos este planeta con los demás seres que lo habitan y que tienen el mismo derecho que nosotros a disfrutar y sufrir en él, no debemos asistir impasibles a la destrucción de la vida, a las matanzas, a las violaciones de todos los derechos, a las torturas de toda índole y a todo tipo de abusos. Y no solo hay que decir NO, sino participar activamente; y no solo condenar, sino combatir colectivamente todas las injusticias y horrores.
¿Qué hace el pintor ante este panorama? Pues hace lo que los demás humanos; o asiste al “gran espectáculo del mundo” en lugar de un espectador más o menos impasible, o se detiene, lo mira, lo asume y lo plasma en el lienzo como una forma de rebelarse contra todos estos crímenes, contra la humanidad y contra todas las injusticias que nos rodean y nos estrangulan ante nuestra impotencia. Por eso tenemos que hacer gritar al lienzo, que con nuestras pinceladas, colores y formas podamos expresar lo que sentimos y presentarlo ante todo el mundo con toda su crueldad y desnudez y poder gritar ¡MIRAD! ¡BASTA YA! ¿Es esto lo que queremos? ¡HAGAMOS ALGO!
Jorge Rando, Paris, junio 2001
¿En qué estilo pintas? Esta es una pregunta que te hacen muchos la primera vez que hablan contigo sobre pintura y sobre tu obra.
Respuesta: el pintor debe pintar como haya “aprendido”. Y digo aprendido porque “en el caso del autodidacta” él es a la vez profesor y alumno; y en el caso del académico, se le “enseña” pero es él, y solamente él, el que debe aprender.
Y continuando el hilo, ¿y en qué estilo? Los diferentes estilos se los han sacado de la manga precisamente personas que por lo general no pintan, pero sí quieren encasillar todo lo que ven y ordenarlo todo según sus criterios, en corrientes y estilos; incluso, muchos pintores se dejan llevar en la manada de éste u otro movimiento, y se autodenominan y se autocritican.
Jorge Rando, París, junio 2001
El pintor es un poeta de la expresión. El pintor no se debe limitar a observar la naturaleza con todo lo que la conforma y copiarla, sino que debe expresar desde su interior los sentimientos que le producen y dejar en plena libertad a su instinto para que expresen las sensaciones que recibe y quiere, a la vez, transmitir. Por eso yo creo que un poeta es quien mejor puede hacer una crítica de una obra de arte, porque la pintura es poesía llevada al lienzo, la pintura es un sentimiento y “como tal” hay que mirarla y analizarla.
Lo peor que le puede ocurrir al arte en general es caer en manos de... “algunos críticos” y “galeristas”, ya que ellos dictarán las normas por las que debe regirse no sólo el artista, sino también los admiradores o espectadores del arte. Dejar que unas personas con los intereses mas variados, y la mayoría de las veces ajenos al arte, hablen o escriban, “ex cátedra” sobre el arte y los artistas es lo peor que puede ocurrir. Que hablen... sí. Que den su opinión..., también; pero ahí termina su misión. Que no quieran apropiarse hasta del pensamiento del artista, como afirmar conocer lo que el creador de la obra quiso expresar y por qué lo hizo, y dar sus explicaciones, poniendo en boca o en la mente del artista lo que éste nunca llegó, ni siquiera, a pensar o a plantearse.
Lo que el artista concibió y a veces plasmó con “divina sencillez” lo convierten ellos, los críticos, en algo complicado y en ocasiones hasta retorcido.
¡Qué peligro encierra, a veces, ponerse en manos de los “expertos”!
¡Qué pena que algunos de estos “expertos” conviertan las obras de arte en moneda de cambio!
¡Qué horror comprar arte como inversión!
El deseo o anhelo y la realidad se funden tanto en el poeta como en el pintor, con tal fuerza que se hacen uno solo. De esta forma nace la obra como creación única y distinta, ya que la realidad de la naturaleza ha sido asimilada, digerida y vuelta a nacer con nuevas formas.
Jorge Rando, Madrid, septiembre 2001
A la abstracción no se llega porque te llevan ahí, sino que es un proceso que se cuece en el interior del pintor cuando la pintura deja de ser material para convertirse en algo muy profundo, muy espiritual. Cuando las formas se elevan y dejas llevar tu mano para intentar alcanzar lo inalcanzable, esa obra que no es material, si el pintor, al valerse de la materia, no domina en su obra la espiritualidad, la materia sigue siendo materia y no se transforma. Para transformar la materia en obra de arte hay que convertir antes la materia en algo inmaterial..., espiritual y luego, es posible si el artista pueda transformar todo lo que nos rodea en algo espiritual que podamos interpretar y plasmar en el lienzo virgen, en ese lienzo que es como la madre que espera acoger en su seno esas pinceladas y las haga suyas, mutándolas por medio del color y las formas en algo que está creado desde el espíritu, aunque creado con materia.
Transformar la materia en vida, dar vida al color y a la forma; eso es un deseo, es un sueño del que ningún pintor desearía despertar; dar vida a la materia, que la flor huela, que la ola del mar te moje y que la tragedia te haga llorar.
Jorge Rando, Málaga, agosto 2002
Pintor unido a su instinto.
Expresión, movimiento y fuerza.
Pinceladas enérgicas.
Pinceladas ágiles que no se cierran en sí mismas, sino que cada una tiene su propia autonomía.
Pinceladas muy sueltas que producen unos movimientos rutilantes.
En el trazo del pincel es donde se observa el ritmo del cuadro.
La pintura no está hecha para analizarla, sino para mirarla. Si la pintura se pudiera explicar, no sería una obra de arte, sino algo...
El pintor no tiene que pintar lo que ve, sino lo que siente.
Jorge Rando, París, septiembre 2002
El pintor, no es ningún inventor tampoco es un acróbata “del más difícil todavía”. En definitiva, no debe nunca perder el tiempo en buscar, o las cinco patas al gato, o el más difícil todavía, con la finalidad de ¿querer? ser original o buscar senderos por los que nadie haya andado aún, para ser el primero en recorrerlo. El camino, ese maravilloso y a la vez escabroso camino de la pintura, lo encuentra el artista en el lienzo blanco; y ahí es donde debe adentrarse y dejarse llevar por ese deseo de crear, con la libertad que le da la entrega sin concesiones, usando todos los elementos que Dios, el único y eterno Creador, ha puesto a su altura. Y que el instinto y la sabiduría hagan el resto; y el pintor... que pinte.
Jorge Rando, París, septiembre 2002
Hubo un tiempo en el que, cuando se hacía alguna objeción a una obra de arte y se decía, por ejemplo, que una pintura era “bonita”, aunque no se dijera que era buena o mala, si se decía que era “bonita”, el significado era que la obra había gustado al espectador, que al fin y a la postre es el que tiene que entablar el diálogo con la obra que contempla. A los puristas y a los que ahondaban en el significado último de las palabras, bonita les molestaba y deseaban escuchar que la obra era buena o mala, pero nunca si era bonita o fea. Ahora, en el siglo actual, con tantos análisis y analistas, y sobre todo cuando hay que explicar la quinta pata del gato, el más difícil todavía, se quiere apartar el arte del entendimiento universal y encerrarlo en un colectivismo, siempre nefasto para la evaluación del arte, que tiene que ser completamente personal y a la vez universal sin estar sujeto a unas normas dictadas por las modas o por lo que se lleva en el arte.
El arte, y la pintura en concreto, tienen que volver a ser la expresión del hombre y la naturaleza en un entorno que sólo puede encontrar el artista en su interior. El pintor no debe quedarse en el envoltorio. Se puede pintar una funda muy bella, pero no dejará de ser la funda del instrumento que hay en su interior; y eso es lo que debe captar el artista, el interior... y sacarlo a la luz. Las formas son infinitas; por consiguiente, las formas de expresión también lo son.
No se puede conformar el pintor con que su obra esté bien compuesta, los planos conseguidos y las normas académicas cumplidas a la perfección. Eso es simplemente la envoltura de la obra de arte, que se tiene que desarrollar abriéndose paso entre todos los complementos; y, si éstos te encierran la obra, hay que prescindir de ellos y desnudar la obra, haciéndola nacer del alma, del instinto del artista, para que éste no se convierta sin querer en un artesano de la pintura.
Jorge Rando, Dublín, septiembre 2002
Conforme van pasando los años y voy madurando en mi pintura, cada vez estoy más convencido de que lo único importante para el pintor debe ser pintar, dando siempre prioridad al fondo y , quizás, olvidarse un poco, incluso, de las formas. La inspiración en el pintor no es sino un estado de ánimo, que, como humano, está influenciado por todo lo que le rodea y de todo de lo que él se rodea, ya sea material o espiritual. Todo influye en la obra del artista, el placer o el dolor, la belleza o la fealdad... aunque llega un momento en que la fealdad se convierte en belleza y el dolor en amor.
Plasmar todo eso en el lienzo es lo que el pintor hace desde su interior sin ser dueño del resultado, ya que la obra, una vez ejecutada, deja de ser suya y pasa a tener alma y vida propia para de esa forma poder comunicarse con todos los que deseen iniciar un diálogo con ella. La obra de arte no es ningún producto de moda “que se lleva”... “la línea actual”... el arte es algo más, es otra cosa; y, por eso, yo como pintor, siempre me he negado, y si en algún momento una entidad, museo, galería, etc. no conocía mi obra y deseaba verla, me he negado, insisto, a mandar fotografías de mis pinturas, ya que entonces tendrían en su poder el estuche pero no el alma que sólo habita en el cuadro. La obra de arte hay que contemplarla en toda su realidad y no en su envoltura y, si no hay tiempo de verla porque existan otras prioridades, que lo deje para mejor momento... o para la eternidad.
Jorge Rando, Málaga, octubre 2002
El movimiento del color te hace descubrir lo oculto. El color no tiene que ser una muralla entre el lienzo y el pintor, sino que al contrario se tiene que convertir en hoja de morera que alimente al gusano, que es el embrión de lo desconocido y que se convertirá en belleza en los pinceles del artista.
El arte de pintar es el arte de amar; sin amor no pueden existir sentimientos sublimes, que son los que al final configuran la obra maestra que todo pintor quisiera pintar aun a sabiendas de que esa obra no existe, ya que lo que sí existe es el camino real para llegar a esa obra tan lejana como imposible de realizar, porque el pintor en cada cuadro va a descubrir otra cámara oculta que encierra nuevos embriones desconocidos que nacen y esperan que alguien los convierta en belleza, en la belleza que sólo puede provenir del alma del pintor que intenta retratar su reflejo y, como un espejo poliédrico, presentar sus sensaciones ante todo lo que le rodea y que él quiere captar desde el interior para después sacarlo y presentarlo al exterior.
Todo lo que es intrínseco ha sido antes extrínseco. El alma sólo puede amar y crear a partir de lo conocido; una vez asimilado lo conocido, aunque sea incomprensible, convertido ya en sentimientos íntimos, es cuando se torna en algo intrínseco; y de esa forma el artista, a partir de su propia evolución espiritual, puede llegar a lo más cerca de la creación, porque lo verdadero y puro de la creación o, mejor dicho, de la recreación, es lo que sale del alma del artista, pues mediante esa transformación es como nace la obra de arte, teniendo al artista como instrumento de sí mismo.
El Arte de pintar es Arte de Amar.
Jorge Rando, Colonia, noviembre 2002
Muchas veces, en conversaciones con otros artistas, he percibido la obsesión de algunos por querer buscar la conexión entre la obra realizada y el mundo exterior. Yo, sin embargo, estoy convencido de que la obra tiene que nacer del interior del artista, sin necesidad de que esté supeditada a esa conexión, ya que la Obra tiene que ser intrínseca. Y una vez terminada, y en ese momento, no tiene que tener ninguna conexión, ya que ésta, de existir, tiene que venir del exterior, del espectador, contigo mismo, como maestro convertido en alumno.
La libertad de creación del pintor debe ser llevada a los máximos extremos. En el momento de la ejecución de la obra de arte hay que cortar todo lazo que una lo intrínseco con lo extrínseco, para que esa unión de lo interior con lo exterior, ni te limite, ni te condicione un solo trazo o un solo matiz de color. La obra que nazca pura del interior del artista, una vez expuesta, ha de contestar a todas las sensaciones exteriores, en esa unión de lo espiritual con lo material, en esa comunión que tiene que existir entre la obra y el espectador, para que sea una fusión de amor y no de análisis.
Jorge Rando, Málaga, enero 2003
Soy pintor y soy feliz leyendo poesía, escuchando música, observando la naturaleza; sin embargo, no soy feliz pintando. Cuando leo, escucho u observo, dejo ir con entera libertad a mis pensamientos, a mis deseos, y se olvidan mis frustraciones; pero, cuando pinto me doy perfecta cuenta de mis limitaciones y de mi impotencia. Cuando observo una yeguada de caballos o una jauría de perros, una piara de cerdos o un rebaño de ovejas, me transmiten sensaciones que nunca se podrían captar con una máquina fotográfica, ya que el momento concreto quedaría plasmado en la fotografía con toda fidelidad, aunque sólo ese momento; mientras que, si el alma del pintor ve pasar esa piara de cerdos, por ejemplo, capta no sólo la plástica y el movimiento, sino todas las sensaciones que, a través del tiempo le han producido los cerdos, pasando por su mente imágenes en que los protagonistas son los cochinos, como cuando de niño miraba con ojos de admiración en el campo al cerdo cebado, al que toda la familia cuidaba pensando en la matanza y en la fiesta. Cuando lo observabas, ya de mayor, pastar en el campo, cuando por la autopista te cruzabas con un camión lleno de ellos camino del matadero, o cuando entras en el supermercado y te encuentras, al fondo, el mostrador de la carne o la chacina ves los jamones como adorno sublime colgando majestuosamente de sus ganchos ... Todo esto no se puede captar en un momento con una simple fotografía; y todas estas sensaciones son las que yo, como pintor, quiero plasmar en el lienzo, cuyo resultado, con una sabiduría limitada y con un instinto ilimitado en el tiempo, es lo que queda para que, una vez pintado el cuadro, el pintor se retire de la obra y sea un espectador más que esté en disposición de hacerle al cuadro las preguntas que le haría a otra obra que estuviera observando y amando.
Jorge Rando, Málaga, enero 2003
En muchos de mis escritos, cuando expreso mis pensamientos o sentimientos sobre el arte en general o sobre la pintura en particular, hablo del amor; esta palabra tan hermosa la utilizo en todo su significado y todo lo que abarca, porque el amor es también sufrimiento, es deseo, es trabajo, es, en fin, la vida misma. Todo se mueve por amor; por eso la creación sin amor es sólo color sin alma.
Cuando se pasea la vista por el mapa de África y se abre una ventana para mirar lo que ocurre en ese maravilloso continente, se te hiela el alma de ver tanto sufrimiento, pero se hiela el alma por amor; y por amor sufres con ellos, y por amor pintas esas tragedias, y por amor te entran esos dolores de cabeza tremendos cuando estás pintando a esos esqueletos vivientes llevados por sus madres a ninguna parte, por amor pintas frenéticamente todos los horrores que, si te dejaran indiferente, es porque en ti no existe ese sentimiento del amor. A veces, ante una maldad cruel, se suele decir... es que no tiene sentimientos... ¡Falso!, sí tiene sentimientos, pero no tiene amor.
Quiero despojar a la palabra amor de la cursilería de los grandes almacenes, de la propaganda del 14 de febrero. El amor es más que todo eso y, sobre todo, es más serio que un bombón con cajita roja.
Cuando el artista crea desde el interior, crea desde el amor; el interior del artista es amor.
Hay una frase de arraigo popular que se dice para expresar cuando se hace algo sin esperar nada a cambio, hacer algo por hacerlo; esa frase es “por amor al arte”, porque el arte debe de ser puro y los artistas tenemos que hacer todo lo que esté de nuestra parte para mantener intacta la pureza en el arte, esa pureza que nace por amor y que por ese mismo amor se hace infinita. Para que todo lo que tenga que ver con el arte, y no sólo el artista, siga teniendo ese amor por el arte y que esa sensación sea más fuerte que el mercantilismo que hoy lo emponzoña todo, es el artista el único que “por amor al arte” puede empezar a luchar contra todo lo que se está pudriendo en el llamado Mundo del Arte, que en gran manera está en manos de buenos comerciantes que se sirven del arte sin amarlo y han contaminado con el poder del dinero, incluso, a buenos artistas, que se dejan llevar por los senderos ya marcados por esos mercachifles, que sólo quieren ganar dinero a costa del arte. Por suerte queda quien pinta “por amor al arte” y también mercaderes del arte “por amor al arte”.
Jorge Rando, Málaga, enero 2003
La pintura, utilizando un dicho popular, se debe analizar sólo a “toro pasado”. Se puede hablar, escribir o discutir cómo en una época determinada se pintó esto o aquello y de una u otra forma, con la finalidad de encajar la evolución de la pintura desde "Atapuerca" hasta donde sea capaz de llegar la humanidad. Pero en el momento en que el artista está realizando su obra no se debe intentar ponerle ya la etiqueta, entre otras muchas razones porque es una forma de coartar, aunque sea en grado mínimo, el proceso de creatividad; y otra gran razón es porque el que etiqueta la obra, ni la ha realizado, ni estuvo en el pellejo del que la creó en ese momento.
Algunos se preguntarán si entonces, ante una obra de arte, hay que “ver, oír y callar”; y les contestaría que no está eso más lejos de mis pensamientos, ¡Pues claro que hay que ver la Obra! Pues, ¡claro que hay que oír a todo el que quiera hablar sobre ella!, por supuesto, dar su propia opinión; pero siempre que haya surgido del diálogo personal con la obra y nunca desde otro prisma. Hoy, por desgracia, en la sociedad en que vivimos casi todo se mueve desde un punto de vista comercial; y sólo, o al menos lo que más interesa, es lo que más se vende. El mercantilismo se ha “casi” adueñado también del mundo del arte; cada vez es más reducido el círculo del arte por el arte; y, muchos artistas buenos están asentados en esa maquinaria que los lleva y hasta le pone precio a su obra. A mí se me pone la carne de gallina cuando oigo a algún galerista, hablando de un artista consagrado, decir que prepara una “serie” de cien cuadros de gran formato; y hay que preguntar, y sin ningún reparo, si la creación estará en el número de cuadros, en el formato, en la demanda, o en la genialidad del galerista.
Jorge Rando, Madrid, marzo 2003
Le escribía a principios de abril a mi buen amigo José María Alimbau para invitarle a mi exposición del 16 de abril en Barcelona. También le envié el catálogo de mi última exposición de Málaga (octubre 2001). Esta exposición en la que había 64 cuadros y 45 dibujos, la dividía en dos partes, la segunda de las cuales “Teología de la expresión”, enseñaba parte de la obra que llevo pintando en los últimos 15 años, en la que intento expresar desde mi pintura, el dolor, la soledad, el odio, el abandono, la tortura, la muerte... y también, por qué no la esperanza.
Existe la Cruz, pero también la Resurrección.
Hace algún tiempo, alguien me decía que en un principio mis cuadros eran desgarradores, pero llenos de color, colores chirriantes que querían salir del cuadro y gritar... Y que, sin embargo, en la actualidad los colores y las formas se han suavizado, son menos agresivos y más apagados. Me preguntaba a qué era debido ese cambio. Yo no supe contestarle en ese momento. En un principio gritaba contra las injusticias, contra las tragedias humanas a las que asistimos como espectadores sin poder hacer nada o casi nada. Era la impotencia ante las hambrunas, ante el asco de la muerte, ante el dialogo estéril entre la trincheras y las armas, ante los ojos oscuros, ojos negros y muertos que nunca supieron lo que es una mirada de ternura y consuelo, ante ese último grito de temor que nos sacude el alma, ante esa huida a ninguna parte con música de lamentos.
En un principio mi pintura era un grito. Ahora es oración. Esta es mi única explicación, si es que existe alguna sobre ese cambio de colores y expresión.
Y llegando a éste punto, también llego a la conclusión de que el pintor sólo puede recrear partiendo de algo que existe. El único que puede crear es Dios. Él lo creó todo. Nosotros los pintores podemos observar al hombre y a la naturaleza, pero siempre partiendo de algo que, aunque sea en sueños y deformado, hemos visto antes. Incluso yo me atrevería a decir más; el pintor es un mero instrumento, que ejecuta la obra poniendo en práctica ese don que Dios le ha concedido de poderse expresar en forma y colores sin que él sepa ni el cómo, ni el porqué de muchos matices en los que se sustenta la estructura de la obra. Esa es una prueba irrefutable de que alguien ha dirigido tu mano y de que, cuando el pintor observa la Obra ya terminada como espectador no sabe explicar el porqué de aquella pincelada, o ese azul ahí o aquel rojo al fondo. En fin, resumiendo, que el pintor lo que tiene que hacer es pintar y exponer su obra para compartirla con aquellos con los que de una forma espontánea se produzca su diálogo, en el que el espectador pase a ser protagonista junto con la obra.
Jorge Rando, Málaga, abril 2003
Allá por los años setenta me enfrenté, por vez primera, a unos dibujos de Käthe Kollwitz. Posteriormente, tuve la satisfacción de ver algunas de sus esculturas; pero fue hace unos siete años cuando tuve el gozo de poder contemplar en Colonia y en Berlín, aquí en su propio museo, una parte muy importante de sus escritos, bocetos, dibujos y esculturas. Esta contemplación y conocimiento de su obra y el momento social y político en que se produjo, así como su propia tragedia personal, fue lo que me hizo meditar, una vez más, sobre el amor en la creación. Sólo con el dolor no se puede crear, tiene que existir el amor que convierta ese dolor en esperanza.
Un día decidí, basándome en algunos bocetos suyos, hacer unos cuadros, que, pintados por mí, tuviesen algo suyo y que fuese “un recordatorio” a Käthe Kollwitz artista, un “memorándum” y no un homenaje, ya que creo que los homenajes hay que hacerlos en vida y los recordatorios “post mortem”.
La crucifixión no es el final sino el principio de la vida eterna.
Jorge Rando, Berlín, septiembre 2003
Cuando el pintor da por terminada una obra, ahí no acaba todo, sino que por el contrario es cuando comienza la vida y andanzas del cuadro. Si se escribiera la vida de cada cuadro, se daría uno cuenta de la afirmación mía. Yo he sido testigo de muchísimas historias, o mejor podíamos llamarlas razones, por las que alguien decidió comprar un día un cuadro sin pensar en inversión ni tampoco en análisis, sino por otras causas más profundas. A continuación paso a narrar una de ellas.
Ocurrió en mi exposición en la galería Nova de Málaga, en noviembre de 2001. Estábamos descargando los cuadros para comenzar a colgarlos cuando pasó por delante de la Galería una señora (ya fallecida) y, parándose, se fijó en uno de ellos que representa a una “madre de las pinturas africanas” la cual sostiene, a su hijo moribundo y que a la vez está rodeada de otros niños... que no son niños vivos... que están muertos... muertos que quieren vivir.
Este cuadro, propiedad del pintor que esto narra junto a otros que expresan los horrores de las guerras y las miserias de África iba a ser expuesto con el nombre de “La Teología de la Expresión”, sólo para su contemplación y no para su venta. Sin embargo, la señora protagonista de esta historia preguntó al galerista por el precio del cuadro y, al responderle éste que no estaba en venta, ella quiso insistentemente hablar con el pintor. Cuando me localizó, dirigiéndose a mí me dijo que deseaba el cuadro porque ella veía reflejado su dolor en él, y había podido hablar con esa madre que tanto sufría; me dijo que pagaría todo lo que pudiese por él porque quería seguir ese diálogo en su casa y en la intimidad mientras viviera.
Le vendí el cuadro por lo que quiso y pudo pagar. La señora era pintora; a los tres meses de comprar el cuadro realizó una exposición de sus últimos trabajos y, cuando finalizó su exposición, murió. Estaba enferma de cáncer y el día que vio por primera vez el cuadro había salido del hospital de un tratamiento con radioterapia.
Cada cuadro tiene su propia vida que siempre es ajena a su creador, ya que en el momento en que la Obra está acabada deja de ser suya y, al tener vida propia, comienza su propia andadura.
Jorge Rando, Madrid, noviembre 2003
En mi exposición en Madrid, en septiembre de 2003, en la Fundación Carlos de Amberes, presentaba una antología de mis últimas creaciones y también alguna obra de años anteriores para que sirvieran de eslabón entre lo presente y lo pasado. Había en esta muestra una obra que representaba a cuatro palomas iniciando el vuelo, adentrándose en el infinito de un cielo azul, con todos los matices de azul y cielo que fui capaz de captar para que acogieran ese movimiento de paz infinita.
Una señorita... ya señora y madre se me acercó y me preguntó por el precio de ese cuadro; al presentarse la exposición en una Fundación y no en una galería, las pinturas no estaban a la venta, por lo que no supe qué decirle o a quién podía dirigirse para comprar el cuadro. Ella me comentó cuáles eran sus posibilidades económicas y la forma cómo podía pagar ese cuadro.
Al preguntarle yo qué es lo que había visto en él y porqué tanto interés en adquirirlo, ella me respondió que tenía a su madre muy enferma y quería ese cuadro para ponerlo sobre un caballete en su dormitorio (de su madre se entiende), para que pudiera contemplarlo y le pudiese transmitir la paz y sosiego que a ella le transmitía, que pudiera soñar que hay un mundo mejor que está en ese cielo que ella veía y al que se dirigían esas palomas... Le regalé el cuadro.
Jorge Rando, Madrid, noviembre 2003
La abstracción no es el final del trayecto del pintor, sino una estación de ida y vuelta. La inquietud y la eterna búsqueda de fondo y forma por parte del artista hace que casi irremisiblemente llegue a la abstracción, y una vez que está en ese momento de su trayectoria pictórica y después de pasar por todo lo que puede ofrecer desde su interior y desde su percepción, tiene la necesidad de salir de nuevo a la luz natural de lo real. Y con esto no quiero decir que lo abstracto sea irreal, sino que lo real lo experimenta el artista con unas sensaciones propias e interiores, mientras que lo abstracto nace con la obra en el proceso de la creación de la misma.
Por eso yo dudo del pintor abstracto que termina su vida pintando abstracto, ya que en cada abstracción existe, si no en el lienzo, sí en la mente del pintor, un cuadro realista; y esa realidad, ya asumida por el artista y desde su interior, sale con nuevas formas y se presenta al exterior con las variantes que la mente del pintor haya querido o haya sido capaz de darle, porque al fin sólo es una transformación de la realidad vista de una forma y en un momento dado por el creador. Cada cuadro abstracto nace siempre de una idea real; no se puede pintar abstracto de lo abstracto, porque esto es una consecuencia de una evolución del pintor partiendo de una base real y de una experiencia personal. Yo creo que todo pintor llegará alguna vez en su trayectoria a la abstracción y, si no lo plasma en el lienzo, sí lo tendrá dibujado en su mente; y serán sus demonios los que siempre le acompañarán mientras no lo saque de su interior y les dé vida propia en un lienzo.
Jorge Rando, Málaga, enero de 2004
En el espacio se pueden pintar horizontes verticales. Cuando separas el árbol de la tierra y lo elevas, lo sitúas en el lugar más sublime, ya que ocupa un lugar en la nada, que deja de ser nada para convertirse en árbol; la nada no existe, siempre hay algo, puesto que siempre están ocupados los espacios aunque sea por los reflejos del pensamiento. El simple hecho de mirar te muestra que existe algo. Siempre existe algo... aunque sea la nada.
El espacio también está ocupado por la nada.
Todos y todas las cosas tenemos un lugar en el espacio; sólo hay que ocuparlo.
Jorge Rando, Málaga, junio 2004
Una vez mezclados los colores es cuando nace el cuadro.
La mayoría de las veces pinto de una forma espontánea sin saber con anterioridad el resultado final.
La pintura es uno de los caños de la fuente de la vida.
El pintor que necesita sacar lo que lleva dentro y sus pinturas, a veces, con un resultado final brutal, no encajan siempre con las corrientes actuales.
En ocasiones, sus pinturas son una huida a un paraíso lejano; “otras veces” a un paraíso perdido.
El pintor quiere traer la luz real a la realidad actual. Es un pintor de su tiempo.
Las pinceladas no se cierran en sí mismas, sino que con autonomía y con independencia propia forman parte de esos bloques que configuran la obra terminada.
Jorge Rando, París, junio 2004
A veces pienso que la consecución de una obra de arte no se produce con la finalización del cuadro por el artista, sino en el momento en que se produce el encuentro entre la obra y el observador de la misma.
Para entrar de lleno en el interior de la obra de arte, no se debe hacer la pregunta qué es lo que vio el pintor, sino dejar que las sensaciones se produzcan sin preguntas ni respuestas, que la comunicación se produzca en un espacio libre de análisis. No hay que querer buscar los motivos de los rojos o azules, de la posición de objetos en el espacio, ese espacio en el que el paisaje, la figura, el movimiento, la abstracción, el color,..., todo tiene su lugar.
Es muy difícil para un pintor escribir o disertar sobre sensaciones, y a veces sobre sensaciones que se producen en la realización de la obra sin que el ejecutor se sienta actor sino espectador de su propia creación.
Jorge Rando, Hamburgo, julio 2004
Muchas veces siento el deseo, que en ocasiones se convierte en necesidad, de escribir lo que yo definiría como pensamientos íntimos sobre el arte, o simplemente divagaciones sobre la pintura o sobre el estado anímico del pintor durante el proceso de la creación de su obra.
Estos escritos suelen ser muy íntimos porque la mayoría de las veces son confrontaciones del pintor consigo mismo, sobre la creación, sobre sus limitaciones dentro del espacio ilimitado en el que se mueve, ya como protagonista o como comparsa y en ocasiones sólo como espectador.
Pero me agrada compartir con los “miradores” de mis pinturas algunos de esos momentos tan íntimos que el artista goza o sufre en el proceso de la creación.
No intento aquí ni en ningún momento explicar mi pintura ni el proceso de creación de mis obras; sólo deseo ser un espectador más de unas obras que, aunque han salido de mis pinceles, ya han dejado de ser mías para tener su vida propia y por lo tanto libertad absoluta para mostrarse y dejarse interpretar.
Jorge Rando, Hamburgo, 26 de julio de 2004
En una entrevista realizada por Antonio Moreno para la revista Vida Nueva, al final me hacía la pregunta, refiriéndose a los tonos de mis últimos cuadros que él consideraba “más apagados”, si se ha acabado la esperanza, yo le contestaba que el uso de los colores fuertes pretendía ser un grito contra la injusticia. Mi respuesta que, quizás, pretendería llamar la atención sobre un drama que no hemos sabido parar y que continúa. Pero la esperanza no la he perdido, el día que perdiera la esperanza estaría muerto, añadí.
La entrevista acababa ahí, pero para mí comenzaba la meditación sobre esa pregunta, el porqué de los colores “más apagados” y el “quizás” que no supe responder. Pero he llegado a la conclusión de que los colores fuertes e, incluso, a veces estridentes de mi época anterior eran un grito de desafío a las injusticias del mundo, mientras que los utilizados en la actualidad han dejado de ser un grito para convertirse en oración. Eso no es un grito, eso es una oración... y sigo pintando... y gritando... y callando... y meditando... y orando.
Jorge Rando, Málaga, mayo 2005
Ayer en mi estudio, en esos momentos en que el pensamiento se hace protagonista, estaba mirando un cuadro y me reafirmaba en mi convicción de que la obra tiene que estar pintada desde sus primeras pinceladas, por lo que, si realizas un fondo para después pintar sobre él, puede pasar que el soporte sea sólo “algo que hemos emborronado” para luego pintar sobre el. Yo sigo estando convencido de que la pintura tiene vida propia y por ello, si se pinta desde un principio directamente sobre el lienzo blanco, ese algo que sirve de soporte a la obra definitiva, tiene alma y, por lo tanto, vida desde un principio, del mismo modo que un niño al nacer es un ser con vida propia, aunque lo haya engendrado su madre, que también tiene alma.
Por eso pintar sobre pintura que te sirve de fondo te ayuda a dar vida propia a la obra que pretendes realizar. Yo pinto con materia sobre otra materia que ya ha cobrado vida; es lo que llamo saber borrar, que no es más que encajar la obra sobre otra que la soporte, aun a sabiendas de que en la primera que soporta a la segunda no está el cuadro definido sino que todavía está en embrión.
Yo creo que el mejor soporte para la abstracción es la figuración.
El alma no se ve pero te da la vida. La figura como soporte no se ve pero tiene alma y, por consiguiente, también vida, que está ahí debajo, tapizada por los trazos abstractos.
Jorge Rando, Málaga, octubre 2005
A veces he participado (casi siempre de oyente) en conversaciones entre artistas y críticos de arte sobre el tema de “los pintores que viven” de la pintura, y siempre ganaba la tesis, para mí errónea, de que la finalidad y a la vez consagración del artista es vivir de su arte, cuestión que yo respeto, aunque estoy totalmente en desacuerdo de que llegar a vivir del arte sea llegar a ser un Artista “con mayúsculas”.
El artista pintor debe de vivir “para” la pintura; y si, además, vive de ella, pues mucho mejor. Y si alguien se pregunta el porqué de estas letras sobre este asunto, ya lo decía al principio de estas líneas; porque he leído muchas veces en entrevistas con pintores, que lo repiten con orgullo, que a partir de... viven de la pintura con entera dedicación a ella. Y yo me pregunto que donde está la libertad de no tener que depender de ese vivir de ella.
¿Por qué un artista no puede trabajar (como de hecho hay muchos que lo hacen), ganar su sustento y el de su familia y, encima, pintar? ¿Que no hay tiempo? Tiempo hay para todo; y sobra. ¿Que dedicándose totalmente al arte se crea mejor? ¡Falso!, crea sólo el que es BUENO, trabaje o no; y el que es malo o mediocre, aunque se levante y se acueste exclusivamente con el quehacer del arte, seguirá siendo malo o mediocre.
Así que yo saco la conclusión de que igual, que el hábito no hace al monje, la sola dedicación al Arte no hace al artista.
El artista, como ya he dicho en otras ocasiones, nace; después tiene que descubrir que es artista y, a continuación, aprender a desarrollar ese don que le viene dado, sin olvidar que es una dádiva y no un premio.
Jorge Rando, Málaga, Navidad 2005
Alguna que otra vez me he detenido a pensar sobre la estimulación que necesita el artista para la creación. Se ha escrito mucho sobre el tema y ha habido análisis desde todos los ángulos, tanto de la época que les tocó vivir a algunos como a la forma en que vivieron; y hasta se llegó a creer que todos los artistas, para poder expresarse con libertad, tenían que ser bohemios y vivir de forma diferente a sus congéneres, ser una especie rara dentro de la especie humana. De hecho a veces hasta se automarginaban para ser más artistas. La naturaleza humana es muy compleja, y si un artista, por ejemplo, fuese un esquizofrénico, sería algo inherente a él y es hasta posible que en algunos de sus ataques se estimule con una fuerza que quizás en su momentos lúcidos no posea, lo que pinte bajo esa influencia lo realiza porque es artista y no porque sea esquizofrénico. La creencia de que la verdadera creación va unida a las penalidades que pueda sufrir el artista, ya sean calamidades debida a alguna enfermedad o a carencias económicas, es totalmente errónea, ya que ese estímulo nacido de la necesidad te influye, pero al mismo tiempo te está quitando parte de esa libertad total, tanto física, como psíquica; y quizás esas necesidades, que incluso en algunos momentos han podido expoliar a la creación como un refugio, por otra parte te está limitando, porque en el subconsciente persiste el deseo de supervivencia, el deseo de comer, de poder descansar cómodo, de no pasar frío...
En esos momentos el artista se puede refugiar en su arte y crear con rabia, pero la obra será buena si el artista es bueno y si, por el contrario, el artista es mediocre, pase o no pase hambre, la obra será mediocre.
Volviendo a los estímulos que pueden influir en el arte y en el creador, hay uno supremo que es el amor, la fuerza del amor es inmensa, por no llamarla infinita, siendo tan fuerte que hace que el artista convierta en belleza incluso la tragedia, porque la vive con amor bien es verdad que también con impotencia. El amor es una sensación que viene del interior más profundo del ser humano, de ese interior que es de donde tiene que emerger el arte puro, el arte por sí mismo, el arte por el arte. Por eso el triunfo del pintor, del poeta, del escritor, del escultor, del músico está en pintar, en escribir, en tallar, en componer; está en el momento de la creación, sin trabas, mirando sólo de soslayo al pasado y sin pensar en el futuro, y siendo entonces cuando triunfará como artista.
Una vez que la obra está realizada y el propio creador la puede contemplar, ya tiene su premio y su éxito, sin entrar en consideraciones sobre la bondad de la obra, y sin entrar en las comparaciones a que tanto somos dados los humanos.
¿Cómo es posible comparar una obra de Velázquez con una de Monet, o a Goya cotejarlo con Picasso? Cada artista tiene un principio y un fin, que es su principio y su fin; y nadie del exterior puede analizar algo que nace del interior, ni siquiera el propio creador de su obra ya que, en el momento que la da por terminada y la presenta, deja de ser suya y pasa a ser un ente con vida propia que él ha creado para que deje de pertenecerle, como cuando la madre da a luz al hijo, pues da vida a un ser independiente de ella, con vida y sentimientos propios, que se irá desarrollando en su entorno y continuamente irá constituyendo su propia personalidad.
Amor, alma y personalidad..., tres palabras sublimes que se pueden aplicar no solo al ser humano, sino también a la obra que cree ese ser.
El amor es imprescindible para vivir; sin amor la vida deja de tener sentido. El alma la poseemos para toda la eternidad, pero, en último extremo la personalidad es lo que nos hace diferenciarnos del resto de los seres humanos con los que convivimos, nos unimos, a los que amamos y, en ocasiones lamentablemente, también despreciamos.
La obra de arte es como la vida misma, tiene que estar realizada con amor, tiene que tener alma y a la par tiene que tener personalidad propia, tiene que presentarse ante el público en su pureza para establecer esa comunión necesaria entre la obra y el que la quiere contemplar; y esa comunión sólo se establecerá si el espectador va predispuesto a ello.
Cuando voy a visitar exposiciones o museos, a veces “se me cae el alma” al observar a tanta gente que mira un cuadro como si observara al carnicero de la esquina cómo le pesa el kilo de chuletas, o como miran al semáforo cuando está en rojo. Verde, ámbar, rojo, tres colores de semáforo que se miran como señal para cruzar la calle; esa es la sensación que me dan muchos visitantes de exposiciones de arte... que pasan de un cuadro a otro y sólo han visto los colores del semáforo.
Jorge Rando, Málaga, enero de 2006 (día de Reyes)
Sábado 20,30 h. de la tarde. Hoy es día 25 de noviembre de 2006; y, como todos, año del “Señor”. Por fin hemos llegado a la Heimhuder. Cristine, como es costumbre en ella, nos esperaba la casa con los brazos abiertos para acogernos y llevarnos en volandas al necesitado descanso, pero..., claro..., antes mi “Pirin” tenía que poner orden en el orden y todo bajo su control, tiempo que yo aprovecho para ojear la página de “Kultur & Medien” del periódico “Hamburger Abenblatt”... Y de pronto me encuentro frente a frente con la reproducción de un cuadro del gran pintor del romanticismo alemán Caspar David Friedrich, una obra que yo ya conocía y que se titula “Zwei Männer in Betractung des Mondes”, traducido: “Dos hombres mirando a la luna”. Esta pintura de Friedrich nunca había llamado especialmente mi atención..., pero esta vez, al reencontrarme con ella y en una página de un periódico que invitaba a sus lectores amantes del arte a visitar la exposición..., y al enfrentarme de nuevo con el cuadro, supe la razón de esa repentina curiosidad. Me faltó tiempo para visitar la “Ausstellung”. ¿Qué vi? ¿Qué me dijo el cuadro? ... Representaba a dos personajes mirando más allá... hasta donde eran capaces. Hay dos, uno que mira y otro que hace mirar al primero; los dos quieren ver. Siempre hay uno y otro... y otros que miran, y miran todo lo que pueden y son capaces de mirar. Se puede mirar todo, pero... ¿Se ve la luna? ¿Se ve la luz? ¿Se ve la creación?
Volviendo a mis personajes (pues ya los he hecho míos), son dos, dos que se encuentran, dos que se aman, dos que se odian, dos que recorren el mismo camino; incluso, cuando uno da y el otro recibe, son dos; si uno tiene que apoyarse en el otro... también son dos; siempre son dos. Por eso yo me quiero meter en el cuadro de C. D. Friedrich y convertirme en el tercer mirador; y contar lo que veo después de mirar con los ojos de los dos e intentar ver con los míos.
¡Ya estoy en mi puesto!
Jorge Rando, Hamburgo, noviembre 2006
Hoy es martes, 8 de mayo de 2007; estoy navegando en el “Europa” (barco de una compañía alemana), la compañía Hapag-Lloyd, en la que solemos realizar nuestros viajes a Hamburgo. Acabamos de salir de Lisboa y el mar está bastante movido; después de un buen desayuno, no muy tranquilo, pero sí bastante relajado, estoy leyendo el periódico Die Welt y en las páginas de cultura hay una entrevista que la Sra. Gardner le hace al Pintor Daniel Richter, que en la actualidad tiene su mayor Austellung en la Kunsthalle de Hamburgo.
La lectura de esta entrevista me trae de nuevo a la memoria la teoría que tantas veces he desarrollado sobre las explicaciones que dan los pintores acerca de la forma, fondo y resultado de su obra. Y cada vez que leo algunos de estos comentarios, llego siempre a la misma conclusión, -que siempre he defendido-, cual es que a la obra de arte se llega mirando a esa creación y no analizándola. Por eso creo que las explicaciones que puede dar un artista sobre su obra, ya sea para hablar de la realidad representada, de la dimensionalidad o del espacio SOBRAN; y sobran porque en ocasiones el pintor quiere explicar lo inexplicable: momentos existenciales, que convierte (a veces sin querer) en esenciales, y algunos hasta mienten (a veces sin querer) por el afán de dar respuesta a todo. El entrevistado se siente protagonista de una obra que ha realizado, pero que ya se ha independizado de él, y por lo tanto es ella la única protagonista.
Hay que mirar la pintura con la mirada de un niño, con la mirada pura que no analiza, sino que se adentra en el cuadro formando parte de él, sin querer apoderarse del mismo, sin buscar nada... sólo así se descubrirá la belleza... sin exámenes.
Ahora me levanto del escritorio, beso a mi amor y me voy a pasear.
Jorge Rando, Lisboa, mayo 2007
Sigue el mal tiempo, olas y viento; estamos navegando por las costas francesas de la Bretagne, en estos momentos frente a la fortaleza de Saint-Malo... y me vienen al recuerdo el desembarco de los aliados en la Normandie, las novelas de corsarios de Arturo Pérez-Reverte o mi último viaje, hace unos años, con mi Pirin, recorriendo todo el Département Ille-et-Vilaine, visitando la Basílica de Saint-Sauver del Siglo XII, con su portentoso portal del XIX, donde está reunido el románico, gótico y barroco, sin olvidar la iglesia de Saint-Malo (siglo XV), el convento de los Franciscanos (siglo XII) y restaurado en el XIX, y nuestra inolvidable visita a Mont Saint Michel.
Siguiendo el hilo de mis dos anteriores comentarios, en los que reflexiono sobre el arte y los artistas, quiero que quede “muy” bien claro que estoy completamente de acuerdo, -es más, es necesario- en hablar de arte; en fin, hacer todo lo necesario para que el arte, que va unido a la humanidad desde sus principios, no pierda el protagonismo que siempre debe tener para ayudar a mantener viva la llama del espíritu, para ayudar a buscar lo divino en lo humano, para ayudar a buscar tu alma en tu cuerpo.
En esa búsqueda de la unión del hombre con su Creador... unión de amor con Dios, en esa búsqueda el verdadero artista es el que se expresa con sus medios, porque siente esa necesidad y NO para comunicar sus propios sentimientos, NO para denunciar la crueldad y la injusticia, NO para idealizar o criminalizar ciertas políticas, NO para lanzar su mensaje, NO porque tiene que vivir de ello, SINO... porque tiene que hacerlo, porque siente una necesidad interior que le impulsa a expresarse; y en esa libertad y necesidad imperiosa está el camino que le lleva a lo humano, a estar más cerca de lo divino.
Jorge Rando, La Bretagne, mayo 2007
Llevamos navegando unas cuantas millas desde que dejé mis impresiones escritas de entrevistas a artistas sobre su obra. Creo que, tanto para el entrevistador como para el entrevistado, es muy difícil preguntar o responder sobre arte; sobre todo poder expresar con palabras lo que a veces es inexpresable, porque una pintura (ella) se expresa, no se explica. Por consiguiente, es inexplicable desde el exterior, aunque sí puedes hacerte con ella desde el interior y, una vez tuya, es que ya se ha expresado ante ti, siendo dos a compartir; eso es lo que le pasa al pintor ante su propia obra una vez realizada. Ya no es el mismo lenguaje con el que se comunicaban durante el trabajo en el taller, en el que el artista se debe por completo al trabajo que está realizando, desnudándose de todo protagonismo mientras pinta para que así se alumbre la obra de arte libremente; porque, si no te desprendes de todo, nunca vas a llegar al “Todo”... y eso es tan difícil... Pues, figurémonos lo difícil que es explicarlo... y entenderlo... y transcribirlo... y es que el lenguaje en que se expresa el artista en su obra es diferente al lenguaje con el que lo quiere explicar; y esos dos lenguajes van por vías paralelas, por lo que nunca se van a encontrar.
Yo saco la conclusión de que en una entrevista o en una conferencia la explicación, análisis o bondad de la obra del artista debe estar en boca del poeta, escritor, crítico o amante del arte. Y, si el artista (pintor) quiere entrar al trapo que entre, pero en el ruedo y no en la barrera; y, si es capaz de hablar de la obra por él realizada, olvidando su propio ego, que lo haga también..., aunque yo sinceramente, y sólo hablo por mí y para mí, creo que eso es muy difícil, por lo que, siendo congruente con mis criterios, me callo y escucho con respeto... y agradezco esas miradas, esos comentarios, esas críticas... esos silencios.
(El barco se mueve bastante, la letra es horrenda... así que por hoy termino...)
Jorge Rando, navegando en mayo 2007
Estoy hojeando, y ojeando, una revista del 2007, en la que se dedica un special a la ciudad de HAMBURG. Las fotografías que acompañan a los artículos son muy buenas y bien conseguidas en lo que se refiere al color; y esta contemplación me transporta, una vez más, a la reflexión del color y la pintura, de la línea y la forma, y llegando a la pregunta que me hago una y mil veces: ¿dibujo sí, dibujo no? Al hacerme esta pregunta no estoy ni pensando ni dudando de la importancia del dibujo, que yo considero imprescindible “per se” para un pintor; estoy reflexionando sobre la importancia e independencia del dibujo en el arte, el dibujo es por sí mismo arte, como lo es la escultura o la poesía.
Y ahora retomo la pregunta a mí mismo dibujo sí, dibujo no. Me refiero, en el análisis de esta disyuntiva, a que si el cuadro que se va a pintar sobre el lienzo blanco debe ser antes dibujado como guía para el artista. Unos dicen que el dibujo ayuda a componer la obra que se va a realizar, y otros dan diversas explicaciones que justifican lo de dibujar el cuadro antes de pintarlo. Todas las “formas” son válidas siempre que ayuden a la libertad de expresarse del artista; y ahí precisamente, en lo que se refiere a la libertad total en la ejecución de la obra de arte, es donde radica “esa libertad”, que no debe tener atadura de ningún tipo, pues un dibujo previo te coarta tu libertad en el momento de la creación, ya que te está marcando el camino que deben seguir los pinceles en la realización material del cuadro. Se me podrá argüir al respecto que ese dibujo es sólo un boceto para situar las figuras “o lo que sea” en el lienzo; yo, sin embargo, creo que en vez de ser una ayuda para el pintor puede convertirse en todo lo contrario, en una lucha entre dibujo y color, en líneas y formas, que al final puede convertir al pintor en un árbitro de una contienda que él mismo ha provocado y apartarlo de su verdadero quehacer, que es PINTAR, y para eso ya dispone de las manos y las “entrañas”. El dibujo previo en el lienzo obliga al pintor a seguir unas líneas marcadas de ante mano... aunque sean hechas por él mismo; y ello hace que la “total” libertad creativa se pueda ver mermada, aunque sólo sea en “esos momentos” de trance en el que tus manos son llevadas, y tú te entregas como mero instrumento en ese proceso creativo. Ese ser y no ser, ese estar y no estar requiere en el pintor una lucidez que sólo se consigue con la entrega de un neófito, porque cada obra nueva es un ente nuevo que quiere nacer libre y presentarse en todo su esplendor y sin “borrones”.
Muchos se preguntarán que, según estos argumentos míos, los maestros del pasado, que incluso utilizaban cuadrículas, no pintaban con libertad. A esto yo respondería que esos maestros se valían de esos métodos para reproducir una obra que ya habían creado, por lo que era una fase segunda o tercera de una “reproducción”.
En realidad esos “verdaderos maestros”, que los ha habido y hoy siguen existiendo, que dibujan en el lienzo la obra que van a realizar, también trabajan y realizan su pintura con entera libertad, ya que la obra que realizan no es SOBRE el dibujo previo, sino que su obra creativa comienza con la realización de ese dibujo que forma ya parte de esa creación.
En todos mis escritos, que unas veces son pensamientos filosóficos o teológicos sobre el arte y otras son meras divagaciones, tan solo pretendo -si lo consigo todavía mejor-, expresar una serie de pensamientos, ideas y conclusiones que van surgiendo en el trabajo y en los días, sin pretender que sean una verdad absoluta, sino mi verdad... y en ese momento..., con todas las influencias interiores y exteriores y casi siempre fruto de mi incapacidad, es por lo que intento como pintor desnudarme para poder expresarme con mi pintura con la mayor pureza.
Jorge Rando, Hamburgo, julio 2007
Todos los días estamos oyendo (pero, ¿lo escuchamos?) y viendo (pero, ¿lo sentimos?) los horrores que ocurren a nuestro alrededor: guerras, atentados, terrorismo, violaciones, asesinatos, masacres, injusticias, abusos, huidas... ¿hacia dónde?, hambrunas... muertes..... Yo también lo oigo y lo veo pero sí lo escucho y lo siento. La escena es siempre la misma: el cordero y el matarife; es revivir diariamente una Pasión.
Todo esto me lleva a rememorar la Pasión de Nuestro Señor, el gran misterio de la muerte y la Resurrección, el preguntarme continuamente el porqué mandó Dios a su propio Hijo a morir por nosotros y a ofrecernos la Vida Eterna.
¿Qué hacemos los hombres para merecer que todo un Dios hecho hombre se inmolara para salvarnos? ¿Cómo le explicamos al mismo Dios, que todo lo sabe, lo que aquí está pasando? ¿Cómo le justificamos lo de los millones de niños que mueren de hambre? ¿Le decimos que antes gritábamos y que ya, al quedarnos roncos, sólo nos queda el grito de la oración? ¿Tuvo la Pasión de Nuestro Señor una razón de ser?... Para mi sí la tuvo. ¡No la va a tener!, si fue el mismo Hijo del Padre el que murió en la Cruz por nosotros.
Siempre en mi mente, y sobre todo en estos últimos años, ha estado martilleándome la palabra Pasión, lo que me ha llevado muchas veces a cerrar los ojos e imaginar, en mis limitaciones, los hechos ocurridos hace dos mil años. Un día a este pintor se le ocurrió hacer un viaje en el tiempo y rememorar con líneas y manchas de color la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo vista y sentida en este siglo XXI; y así fue como nació la Pasión en la pintura de Rando.
Mi Pasión... quiere salir de las tinieblas y entrar en la Luz de la Esperanza, en la Luz de la Resurrección, en la Luz de la Felicidad, en la Luz de las luces, que es la Luz del Amor.
Dios nos amó tanto que nos envió a su Hijo a morir por nosotros... pero como el Hijo era Dios resucitó; y eso es precisamente lo que yo quiero que ocurra en mi Pasión: que Jesucristo se baje de la Cruz y que jamás nosotros lo volvamos a subir a ella, que Él tampoco se deje crucificar, que la Cruz permanezca como símbolo de la cristiandad pero vacía, que al mundo y a la Iglesia (todos somos Iglesia) llegue ese mensaje de Esperanza cumplida de vida y no de muerte, que esta Pasión sea Vida, sea Amor.
¡Vamos todos a salir de la obscuridad! ¡Volvamos a la Luz del Amor! ¡Convirtamos los gritos de protesta en gritos de oración, pero... con los ojos abiertos!
Como pintor siempre he manifestado que los cuadros tienen vida propia y que, cuando el artista da la última pincelada en el lienzo, su misión ha terminado y la obra pasa a ser autónoma y sólo es propiedad del “mirador de cuadros”. Quizás ésta sea la causa por la que no me gusta titular mis pinturas, ni tampoco explicarlas para no influir absolutamente nada en el diálogo pintura – mirador; que ellos se entiendan y se interpreten sin ninguna injerencia externa, ni siquiera la del artista.
Y termino recordándome y recordando que el único Creador es Dios..., y nosotros, los que estamos aquí, sólo podemos recrear; y, si nos dejamos llevar por Él, quizás logremos realizar algo que se pueda llamar Obra de Arte.
Jorge Rando, Málaga, marzo 2008
Cuando se alude a la pintura o a la escultura en un contexto filosófico, o cuando se dialoga sobre lo intrínseco y extrínseco en el arte, se parte de una premisa equivocada, ya que se habla de la “filosofía de la pintura” y esto puede llegar al error de creer que la pintura tiene una filosofía propia; y nada más lejos de la realidad, pues el análisis a efectuar es cómo el artista concibe filosóficamente el concepto de la obra a realizar, para que ese “pensamiento” le indique el camino a seguir para la consecución de la obra de arte. Por eso hago hincapié en no confundir los términos, ya que la pintura “no tiene” filosofía, sino que es el camino del análisis filosófico que nos va a llevar a tener un concepto claro y definido sobre lo que la mente va a transmitir y “recordar” al artista, quien valiéndose de sus manos será, en última instancia, el que físicamente realizará la obra de arte.
Jorge Rando, Londres, marzo 2008
El horror y las miserias terroríficas que estamos viviendo en nuestro siglo, llevadas por el pintor al lienzo, se convierten en belleza. Cuando se contemplan en el cuadro, los horrores pueden ser bellos; cuando se asisten a ellos en la vida cotidiana son de una fealdad infernal. No debemos olvidar que existen y son reales,no una máscara de una tragedia de Shakespeare.
El rojo no es sangre, el negro es sólo sombra; el negro no existe, es como el momento en que el saltarín está en el aire.
Jorge Rando, Madrid, abril 2008
Si al igual que sostengo que el rojo no es sangre, el amor no es dolor, que existe amor sin dolor, el dolor es el abono que mantiene y hace crecer el amor. Cristo abonó el amor de la tierra con su muerte dolorosa.
No quiere decir esto que para amar haya que sentir dolor, pero sí que cada vez que se siente dolor por la persona amada se está manifestando lo más puro del amor.
El dolor no es unidad, pero el dolor sí une a las personas que se quieren.
El dolor une en la guerra a las personas que lo sufren. El dolor une en la paz a las personas que se aman.
La entrega a la persona amada es dolor, ya que, si no existe en el momento el dolor físico, sí existe el deseo y miedo al sufrimiento de la persona amada.
El amor verdadero se basa en el dolor mutuo; por eso el dolor puede llegar a ser maravilloso, dentro del sufrimiento que conlleva. Por ende no hay que temer al dolor por la persona amada, sino que ese dolor debe ser una ofrenda en aras del amor.
Jorge Rando, Málaga, marzo 2008
En el año 2005 se celebró en Córdoba (España) una exposición organizada por la Fundación Unicaja a la que se denominó “la teología de la expresión” y por qué este título de la muestra.
Nos tenemos que retrotraer al año 2004, en el que presenté en la Galería Porticvs de Málaga una recopilación de pintura de los últimos cinco años anteriores a esa fecha.
En una visita del prestigioso teólogo D. Manuel Pineda, a quien acompañé en su recorrido, después del diálogo entre aquel y este pintor, él llegó a sintetizar la exposición como “teología de la expresión”. Ése fue su comentario final y el resumen de su dictamen sobre esas obras que había mirado y quizás analizado.
En otro escrito desarrollaré la teología en la pintura después de su paso por el aspecto filosófico del arte de la “Creación”.
Jorge Rando, Madrid, abril 2008
El anonimato y el protagonismo en la obra de arte lo debe tener muy claro el artista, si quiere que el resultado que salga de sus manos sea lo más puro dentro de las limitaciones de cada uno. ¿Por qué utilizo las palabras anonimato y protagonismo?... Porque estoy convencido de que el artista, cuando olvida que es él quien le está dando la vida al lienzo, trabaja sólo pensando en el resultado de lo que está haciendo, despojándose de todo protagonismo; es, cuando lo que tiene concebido en su mente, cobrará vida en el cuadro. El protagonismo del artista quita la libertad a la obra de arte, que debe nacer pura y por sí misma; y sólo cuando el artista asuma su papel secundario, su papel de instrumento en la consecución de la Obra de Arte..., es cuando ésta nacerá con libertad.
Cuando se inaugura una exposición o se muestra en los museos un período de creación en la vida de un artista, muchas veces se suele caer en el error de desvirtuar, aunque sea inconscientemente, lo que se está mostrando, debido a las respuestas y explicaciones que da el autor... Porque, ¿cómo se puede sintetizar en unas palabras el contenido de una exposición?, ¿cómo se pueden comentar cuarenta cuadros como si fuera un revuelto de espárragos?, ¿cómo se puede contestar “sobre la marcha” a las preguntas (a veces estúpidas) de comentaristas y preguntones?... Pues sí, se contesta... y eso es lo malo, que se habla y se habla y se habla hasta de lo que no se sabe, porque surgió; y se dicen muchas estupideces... y se quiere explicar, a veces, lo inexplicable... ¿Y qué debemos hacer los artistas?, ¿no contestar? Mi respuesta sería rotunda; efectivamente, no contestar directamente a la pregunta, sino invitar al entrevistador a dialogar con el autor y la obra.
Dialogar sobre la obra, sí. Contestar preguntas, no... Sí, al anonimato; no al protagonismo.
Que se mantenga la libertad del artista en el momento de ejecutar la obra de arte y también en el momento de dialogar sobre ella, e invitar a los que se interesan por la misma al diálogo. ¡Dejad hablar a la obra!
Jorge Rando, Londres, mayo 2008
El arte nació por la necesidad del hombre, en todos lo tiempos, de intentar plasmar en cualquier soporte la belleza que le rodeaba y que aunque él no había creado, sí gozaba de su disfrute. En un principio, -y me voy a referir sobre todo a la pintura y a la escultura-, cuando el hombre se refugia en habitáculos para defenderse de las inclemencias del tiempo y de sus posibles enemigos, sintió la necesidad de reproducir mediante el dibujo, la pintura o la escultura, todo ese mundo que le rodeaba: la naturaleza, los animales, sus hazañas o a ellos mismos. Con la evolución de la raza nació la escritura, que acompañó de forma narrativa aquellos dibujos y relieves que explicaban las diferentes historias de los pueblos.
Más adelante llegó el momento en que se comenzó a poner títulos a las pinturas o esculturas con el fin de que el espectador pudiera saber a quién o qué era lo que se estaba contemplando. Siempre el título de la obra era coherente con la realizada por el autor, posteriormente llamado artista. El arte y la humanidad siguen evolucionando y llegamos a los dos últimos siglos, en los que es necesario para los estudiosos, y para su enseñanza, clarificar (clasificar) las diferentes corriente; y nacieron los “ismos”. En la actualidad hay libertad total en el arte, ¡todo es válido!, es decir, ¿es válido todo? Aparece el arte abstracto, al que le quiero dedicar parte de mis reflexiones en este escrito. Muchos artistas, historiadores del arte y “comerciantes” se han olvidado de que la abstracción es un camino de ida y vuelta, que la abstracción es la búsqueda de la esencia en el arte, que la abstracción tiene que partir de una realidad, que la abstracción va a llegar al artista con su verdad, que a la abstracción no se llega por rellenar el lienzo con líneas y manchas de color y culminar la obra poniéndole un título que nada tiene que ver con lo que allí se representa... y que a veces no somos capaces de descifrar... eso... un título abstracto; o sea, que hay que observar muy bien eso que se llama pintura abstracta, porque puede llegar a abstraernos de tal forma que, cuando volvamos de allí, nos encontraremos sin un pelo.
Yo, como pintor, cuando llego a la abstracción en busca de la esencia misma de la manifestación del arte, siempre parto de la realidad y regreso de nuevo a esa realidad; y en ese camino de ida y vuelta, todas las pinturas que lo han acompañado están sin títulos.
Jorge Rando, Hamburgo, junio 2008
Nadie ha inventado el arte. Durante todos los siglos de la existencia del ser humano el arte ha formado parte de la vida misma; y por esa misma razón el arte no se puede reinventar.
Otra cosa es que a las diferentes formas de expresión las hayamos clasificado y nominado.
En el momento en que el arte pierde su pureza y cae en manos de especuladores y manipuladores, que lo prostituyen con la sola finalidad de ganar dinero, y ellos dictan cuáles son las bondades o maldades del arte, es en ese momento cuando el arte deja de ser arte para convertirse en negocio. No se puede imponer la forma de expresarse de los artistas según las modas o exigencias del mercado, de ese mercado que ellos, los mercaderes del arte, han creado para su propio beneficio, con lo que matan el verdadero arte, que es el que acompaña al artista en su forma de expresión con entera libertad para presentarse con independencia de formas y fondo, junto con esa unidad que se ha configurado entre el artista y la obra, sin que ninguna interferencia del exterior le haga cambiar su camino, que lo recorrerá siempre unido a las obras que vaya realizando, utilizando sus sentidos y el don que le ha sido concedido y con la obligación de ser fiel a sí mismo y a todos los que algún día admirarán su obra. No hay obra vieja o nueva, o “pasada de moda” o actual, sino que hay obra buena o mala. Y trasladando esta teoría a la pintura, diré que se puede pintar una patata bella y un desnudo horrendo, con lo que quiero decir que el motivo es secundario, aunque haya algunos más atractivos que otros; el motivo no es ni antiguo ni pasado, o moderno y actual, sino es sólo eso... un motivo, que elige en cada caso el pintor para expresarse con total libertad, sin que le señalen el camino que tiene que seguir para estar en la onda actual. ¿Que no es actual? ¡Eso es falso!; es la onda que “ellos” manipulan y la llaman modernismo por intereses materiales y de “mercado”.
Moderno es todo lo que se está haciendo en el arte en la actualidad; otra cosa es que sea bueno o malo.
Lo que no pueden hacer los manipuladores es dictar los movimientos que correspondan a los diferentes siglos. Sin embargo, sí le corresponde a los historiadores y estudiosos del arte analizar la evolución de éste en el tiempo, así como a los artistas que han marcado con su arte una época, porque la evolución de la humanidad desde sus inicios siempre ha ido unida al arte. El arte es la vida misma y los artistas son los instrumentos que realizan esas obras que siempre nos han acompañado durante los siglos.
Jorge Rando, Málaga, enero 2009
El hombre desde sus principios siempre se ha organizado, o lo han organizado y encuadrado, ya sea en tribus o movimientos pictóricos. Yo creo que llevamos dentro el olor de la manada. Para los individualistas siempre ha habido poco espacio en las diferentes sociedades. Yo considero que el instinto de la persona es más fuerte que su sabiduría. Aprender y encasillar es más cómodo; desarrollar su instinto, lo más puro. En mi pintura sólo pretendo una cosa: pintar y no manchar los colores.
Pienso que la pintura no hay que comprenderla sino que únicamente debe producirte una sensación, aunque sólo sea de rechazo. Todos los adjetivos que se le quiera atribuir es querer explicar lo inexplicable, ya que las sensaciones no se pueden transmitir, tan sólo sentir.
El ser humano en su afán de encasillarlo, todo, le ha puesto nombre a cuanto se ha pintado y se está pintando a través del tiempo. Yo creo que no debemos caer en la tentación de ser feliz perteneciendo a uno de esos grupos, o haciendo lo que el momento actual te exija por miedo a que tu obra sea rechazada.
Considero que si se coge un pincel con una servidumbre, nunca podrá salir una obra del instinto, sino del buen hacer del maestro, quizás con maestría y belleza pero posiblemente con media alma. Dejemos a otros que nos cataloguen y nosotros, los que pintamos, hagamos sólo eso: pintar.
Debemos luchar contra todo ese falso paraíso que nos ofrecen a cambio de que hagamos lo que “ellos quieren”, esos “ellos” que pretenden dominar hasta lo que no admiran ni aman y que, a veces incluso, desprecian.
No nos desprestigiemos ante una sociedad en la que prima el poder del dinero sobre casi todo. Que nosotros seamos un poquito de ese “casi” y hagamos nuestra obra con entera libertad sin que nadie guíe nuestros pinceles; que esta labor la realicen sólo los maestros y, sobre todo, nuestro instinto.
Jorge Rando, Málaga, enero de 2009
Lo que se puede conseguir en la pintura por nuestro propio esfuerzo, y lo que se nos da... por el esfuerzo realizado para conseguir la obra de arte suprema.
Es un don que la obra acabada tenga vida propia, no sólo para expresarse sino también para modelar sus formas y...,por qué no, para corregir al propio pintor; porque la realización del cuadro por el artista siempre tiene un proceso, que en un principio parte de las sensaciones recibidas de todo lo que nos rodea y en lo que estamos inmersos, ya sea material o espiritual, siendo todas esas percepciones las que interiorizamos para posteriormente darles salida y expresarlas en el lienzo.
Para llegar a un estado, en que le sea dado al artista esa gracia de que sea la obra la que se puede presentar ante los ojos de las “miradores” y se comunique con ellos directamente, prescindiendo de algunos matices y añadiendo otros, para llegar a eso repito, el artista tiene que despojarse de “todo” y dejarse llevar como instrumento para ejecutar la obra; sólo de esa forma podrá recibir el don, y no él sino la obra ya acabada, salida de sus pinceles. Entonces es cuando habrá logrado una dimensión, la dimensión suprema de la pintura, sin olvidar nunca que es un don y no una consecución.
Jorge Rando, Málaga, enero 2009
Hace unos días leía un artículo en el Frankfurt Allgemeine Zeitung sobre el “Arte en la crisis”; y este periódico alemán hacía un recorrido sobre la influencia que está teniendo en el mercado en el arte. Y ahí, precisamente en la palabra mercado me detuve, ya que me parecía un sacrilegio unir la palabra mercado a la de arte; el arte es una religión y no un mercado. Este artículo me hizo recordar unas declaraciones hechas por un artista muy reconocido de nuestro tiempo, en las que trataba de justificar (¡sin necesidad!) los pagos recibidos por un encargo que pareció desproporcionado para muchos. Él se defendía de las críticas por el alto precio cobrado diciendo que todo el proceso seguido hasta la consecución de la obra, entre otras cosas, le había apartado del “mercado” durante muchos meses. Mercado-Arte, Arte-Mercado. Dinero y reconocimiento. ¡En fin!
Precisamente en esta comunión, a veces maldita es donde yo veo el peligro de que el artista, buscando quizás en primer lugar el reconocimiento, se eche en manos del mercado y pueda perder su libertad, “vender su alma al diablo” y ponerse a las órdenes de él a cambio de dinero y del mayor reconocimiento. Lo más triste de todo este proceso, si alguna vez existe, es que para llegar a ese estadio de negociación entre el arte y el mercado, el artista aunque sea bueno o muy bueno, pero como a la vez es humano, ese ego que nos acompaña como la misma sombra es a veces tan fuerte que suplanta a la persona. La sombra siempre es negra y arrastrará a su oscuridad al artista, que una vez despojado de su libertad, su arte quedará reducido a un mero exponente de su sabiduría, que puede ser de maestro, pero de maestro amputado, porque le faltará la energía para llegar algún día a realizar la Obra de Arte.
Jorge Rando, Hamburgo, julio 2009
El arte, más que ayudar, yo diría que es imprescindible para el desarrollo del hombre y, por consiguiente de la humanidad; yo cuando pinto estoy convencido de que, al mostrar el resultado, estoy incitando al espectador (mirador de cuadros) a obrar, y por tanto a ser más persona, para que a la vez vaya progresando en su personalidad, que no se quede con el momento que vive en la contemplación de la obra ni en “su momento” , sino que continúe más allá y que, con su actuación, se ayude a sí mismo y a la humanidad. ¿Ayuda el arte en general a todo esto? Pues sí, ayuda; y es necesario que las civilizaciones lo tengan en cuentan para seguir su camino, que al fin y al cabo es el camino del hombre.
Jorge Rando Hamburgo, julio 2009
La pintura es una búsqueda espiritual, pues la espiritualidad está en todo lo que nos rodea y en nosotros mismos. Todo lo que podamos observar, todo lo que podamos tocar, tiene una parte visible y tiene otra parte invisible, en los humanos lo diferenciamos como cuerpo y alma. Hay hechos y sentimientos, hay trabajo y sueño, hay lo que se palpa y lo que se siente. Pues bien... yo como pintor busco todo eso.
Jorge Rando, Hamburgo, julio 2009
Captar todo lo que vemos o sentimos y, a continuación, llevarlo a nuestro interior, es el primer paso para llegar al concepto filosófico de lo que el pintor quiere expresar en su lienzo.
La materialización de la obra es lo menos importante en su consecución, ya que el maestro, se supone, que domina su oficio.
Lo primordial es tener muy claro en la mente el concepto de lo que se quiere pintar, o sea, tenerlo ya mentalmente pintado.
No pretendo en este escrito desarrollar una tesis filosófica sobre concepto y pintura, pero sí quiero aclarar, si puedo, mis pensamientos sobre ese paso del tratado filosófico de la pintura a la teología de la creación artística.
Yo parto de la base, -ya lo he comentado en varios de mis escritos- que el único creador que existe es Dios. Él creó todo lo que nuestros sentidos pueden percibir. Nosotros los artistas utilizamos los sentidos recibidos para realizar obras de arte, pero siempre basándonos en algo que ya existe, que ya ha sido creado; por eso nosotros los artistas, y para utilizar el lenguaje correctamente, únicamente recreamos. Se me podrá decir que de algo que ya ha sido creado, y que captamos, damos vida a algo nuevo..., y yo estaría de acuerdo... Incluso podemos, y de hecho lo llamamos así, crear; y que yo también aceptaría, pero siempre bajo la aceptación de estas premisas:
1o Que el único creador es Dios
2o Que al artista se nos concede un don con el que nacemos, y que podemos , y debemos desarrollar.
3o Que a la obra de arte magna únicamente se llega cuando el artista se enfrasca en su trabajo como un instrumento y se deja llevar como tal.
Sólo con la entrega y el trabajo... teniendo claro el concepto filosófico de la pintura supeditado al concepto teológico de la creación, sólo de esa forma repito, se recorrería el único camino que existe para llegar a conseguir realizar esas obras de arte que jalonarán la vida del artista.
Yo estoy convencido de que esas obras de arte, repartidas por todo el mundo que admiramos, han sido realizadas por artistas excepcionales y de que en el proceso de la creación de una manera consciente o inconsciente, se han dejado llevar por lo que yo catalogo “como instrumentos” y que otros pueden calificar de inspiración, aunque personalmente creo, como otros muchos artistas, que la inspiración llega con el trabajo, es intrínseca al proceso de la obra, con lo que aquella no viene de algún lugar desconocido a nuestra mente, sino que está ahí, en el proceso de la obra de arte, siempre acompaña al trabajo, sólo hay que descubrirlo.
Hoy quiero terminar así estos pensamientos, pero habrá más ocasiones en que reflexionaré sobre los temores, la fuerza del instinto y los demonios, de los que todos los artistas estamos rodeados.
Jorge Rando, Hamburgo, julio 2009
El Museo en los jardines de la Catedral de Málaga es el primer y único museo al aire libre que existe en Málaga.
A principio de 2007 el entonces Deán D. Francisco García Mota entró en contacto conmigo porque era su deseo de que los yugos antiguos de madera, y algunos de hierro, se restauraran y se pudieran exhibir. De ahí surgió la idea de hacer el museo al aire libre.
En primer lugar, restauré los yugos y los utilicé junto con los badajos para integrarlos en varias de las esculturas que componen el museo, algunas de más de dos toneladas de peso. El reto era llevar esos imponentes yugos del siglo XVIII y atrapar el sonido de las campanas. Era el gran reto; y lo solucioné utilizando el espacio como masa.
Junto a la base de la torre norte instalé las cruces, que ya se exhibieron en la exposición que realicé en el Palacio Episcopal en 2008, “un auténtico bosque de cruces donde el autor reflexiona sobre el universal simbolismo de la cruz”.
Y como última escultura realicé el abrazo a la cruz, una escultura puramente expresionista, fuerte y potente que abraza a la cruz... ¿Para sostenerse o para sostenerla? La leyenda grabada en hierro dice: “el abrazo a la cruz es un abrazo al amor”.
En estos tiempos en que se ataca con tanta saña al símbolo de los cristianos, que es la cruz, nosotros no podemos callarnos; y tenemos que proclamar nuestra fe a través de ella... a través del símbolo del amor.
El arte cristiano no vende, pero nosotros los artistas cristianos tenemos que dar testimonio siempre de nuestra fe en todos los momentos de nuestra vida; y parte de ella debemos dedicarla a hacer arte, a recrear lo que ya creó el Supremo Hacedor, a descubrir que somos sólo instrumentos de esa fuerza mayor que nos lleva la mano en el momento de la creación.
El artista cristiano nunca debe esconder sus creencias en ningún instante, aunque a veces vaya en detrimento de su éxito en el mundo del arte.
Jorge Rando, Málaga, septiembre 2009
Cuando mi bueno y viejo amigo José Luis Linares, párroco de la Natividad, me pidió que le pintara un mural para la iglesia, sólo eligió el tema: la parábola del Sembrador. Tuve total libertad en el desarrollo de la obra. Como soporte elegí un políptico de cinco paneles de madera enmarcado en una potente estructura de hierro de 15 m x 3 m.
Entre los años 1971 y 1973 me dediqué a viajar por todo el mundo; y me interesé principalmente por el arte de las vidrieras, por lo que visité las catedrales de los diferentes países por los que pasaba, deteniéndome principalmente en España, Francia y Alemania, donde también entré en contacto con las técnicas del vidrio y del emplomado. Al rememorar esos años ya lejanos y repasar los análisis, que ya en su día hice sobre los motivos que contenían las vidrieras de las catedrales, observé el poco protagonismo de la mujer en sus representaciones pictóricas. Fue en ese momento cuando desarrollé el cuadro en mi mente. Sería una alabanza al sembrador, al Verbo que fue en un principio y luego habitó entre nosotros.
La figura central es la del sembrador esparciendo la semilla, y los otros cuatro paneles lo ocupan una mujer en cada una de ellas señalando la semilla caída y dirigiéndose al Señor en una danza de alabanza.
Con estas figuras pintadas sobre madera simulando unas vidrieras en clave expresionista he querido hacer un homenaje a la mujer catequista y a la mujer en general que ayuda, ¡y de qué manera!, a sostener la Iglesia; una mujer fuerte que hoy en el siglo XXI es de reconocimiento público su labor imprescindible en la propagación de nuestra doctrina cristiana.
Jorge Rando, Málaga, septiembre 2009
Me pareció muy acertada por parte del Santo Padre el encuentro que tuvo con los artistas, yo diría más bien por la necesidad de “restablecer la amistad entre la iglesia y los artistas”. Yo presiento que la amistad entre ambos nunca se ha roto del todo, ya que el artista cristiano siempre apoyará a su Iglesia porque Dios está por encima del arte; pero sí pienso que se ha vivido y se sigue viviendo cierto distanciamiento, creo que más que, por problemas económicos (no olvidemos que la Iglesia en la antigüedad, y no sólo en el Renacimiento, era el principal cliente de los artistas y también el mayor y mejor mecenas) porque la Iglesia sobre todo desde sus jerarquías superiores ha dejado de lado el arte, y, sobre todo, ha olvidado que el arte en todas sus facetas es el alma de las civilizaciones, es la contrapartida a lo material, y que la Iglesia tiene el deber de encauzar ese don que es el arte y el instrumento que es el artista para la mayor alabanza del Supremo Creador. Ya lo decía el Santo Padre Juan Pablo II en su carta a los artistas católicos del 4 de abril de 1999, en la que en su primer punto hablaba del artista como imagen de Dios Creador y apelaba al fecundo diálogo de la Iglesia con el artista... También decía Juan Pablo II que la sociedad tiene necesidad de artistas.
Iglesia y arte es un binomio que nunca debe dejar de existir.
Para mí como artista la forma más directa de encontrarme con Dios es el proceso de la creación, en la que te entregas a Él totalmente como instrumento y como única forma de conseguir una obra que se pueda llamar obra de arte maestra.
Para un mirador de una obra de arte el encuentro con Dios está en el momento en que observe la belleza como una obra más de la creación del único Creador que es Dios.
Jorge Rando, Málaga, septiembre 2009
Yo quería hacer un grupo escultórico de cruces que se elevaran al espacio, mejor aún que estuvieran en el espacio. ¿Y por qué ocho cruces y no siete o nueve?, cuando comencé con el trabajo no tenía previsto el número de cruces; sólo pretendía construir un conjunto en que todas ellas con su soporte fuesen distintas. La cruz es el símbolo de la cristiandad, pero a la vez es el símbolo del AMOR. Y amor a veces, quizás demasiadas, es también sufrimiento. Cada uno llevamos “nuestra cruz”, que no tiene por qué ser una carga pesada; el AMOR no es carga, el amor es felicidad, por lo que la Cruz se puede convertir en felicidad.
¿Por qué, pues, ocho cruces? Después de terminar el grupo escultórico me di cuenta de que había realizado ocho cruces; el número ocho (∞ 8) -en horizontal es símbolo del infinito- no tiene principio ni fin, el número 8 simboliza el equilibrio de todo el cosmos, el equilibrio en el espacio. En la nada llena el número 8, es el símbolo de la resurrección de Cristo.
Jorge Rando, Málaga, octubre 2009
¿Cómo nació mi vocación artística? ¿Qué papel ha jugado la pintura en mi formación como persona? Estas y otras muchas preguntas son las que, a veces, yo me hago en algunos momentos de reflexión y también porque salen a relucir en muchas entrevistas y diálogos sobre el arte y la pintura.
Yo sostengo en algunos de mis escritos que, primero, los artistas hemos de nacer tales; luego, tenemos que saber reconocer que somos artistas; y, entonces, debemos de aprender... Y voy a desarrollar en estas primeras líneas mi filosofía sobre la pintura.
El arte de pintar es para mí, el arte de amar. Sin amor no pueden existir sentimientos sublimes, que son los que al final pueden configurar la obra maestra con la cual sueña todo pintor.
Para mí la pintura ha sido muy importante en el transcurso de mi vida, ya que una gran parte de ella y de mi formación humanística se ha desarrollado alrededor de este arte, en la práctica muy personal de observación, introspección y meditación para llegar, en ese aprendizaje continuo, a entender todos los elementos de los que tiene que valerse el pintor, composición, volumen, línea, color, materia, etc.
Todos sabemos las formas diferentes de aprendizaje de un pintor. Puede asistir a cursos de formación, con un maestro que lo dirija y le aporte su sabiduría u otras diferentes formas para ejercitarse en la pintura. Yo decidí tomar el camino de la búsqueda del arte en la naturaleza y en todo lo que la compone para, observando todo lo que hay y ocurre a nuestro alrededor, aprender a mirar y a interiorizar todas las sensaciones, con objeto de que puedan salir al exterior con toda su fuerza, a fin de que quien yo llamo “el mirador de cuadro” haga suya la obra y le dé su interpretación, según las sensaciones que le produzcan, y que sea él; y no el pintor, el interlocutor de la obra de arte.
A veces se me suele preguntar acerca de mi estilo pictórico o corriente a la que pueda pertenecer, mi trayectoria, evolución etc.
Sobre estos temas, aunque suelo rehuirlos, pienso que en esta sociedad en que nos ha tocado vivir es necesario, para el conocimiento general, etiquetar los estilos, las corrientes etc., sobre todo para los historiadores y estudiosos de la Historia del Arte, a fin de podernos situar en el tiempo. En la literatura en España y en el resto del mundo, se me suele “encuadrar” entre los neoexpresionistas actuales.
Sobre el panorama actual de la pintura en España y la aceptación que percibe el espectador con respecto al arte contemporáneo, mi opinión es que actualmente no existe un conocimiento cultural definido en España. El aspecto global de la pintura de hoy está muy confuso y la corriente actual de politizarlo todo ha llegado también al arte; y esto puede ser el cáncer que lo desgaste o acabe con él, porque el arte sin libertad total es arte muerto, por lo que el verdadero artista tiene que seguir su camino sin que se lo lleve por delante ningún tipo de “corriente”.
Se me pregunta en ocasiones mi opinión sobre la venta de pintura en subasta y yo creo que es positiva porque ayuda a situar al artista en el mercado del arte; es una práctica que se está llevando a cabo mucho en Alemania, donde también poseo un estudio de pintura, concretamente en Hamburgo, que compagino con mi taller en Málaga.
Me gustaría terminar estos pensamientos con una frase que definen mi filosofía sobre la pintura y el arte en general:
“Todo se mueve por amor, por eso, la creación sin amor es sólo color sin alma.”
Jorge Rando, Málaga, mayo 2010
Estoy sentado en la terraza de la suite 610 navegando por el Golfo de Vizcaya. Escucho el concierto de las olas que se forman al violar el océano la proa del barco. De nuevo me viene a la mente la pregunta que ya me he hecho otras muchas veces: ¿se puede pintar el ruido de las olas? ¿ se puede pintar esa música? Estoy observando el mar, el realismo de su belleza y su fuerza está al alcance de mis ojos y también de mi mente... pero, ¿puedo captar su sonido e interiorizarlo, para poderlo sacar posteriormente y reproducirlo en un lienzo?... ¿Existe esa posibilidad?
Y una vez más aparecen los demonios de la realidad y la abstracción. Para un pintor el camino para llegar a la esencia de lo real no es la palabra. El pintor tiene que expresarse no con carteles que expliquen la obra que realiza, sino dejar que sea la pintura la que hable. Yo no titulo ninguna de mis obras.
Miro hacia dentro de la cabina y veo a mi esposa descansando y veo el amor. Por eso no hay nada imposible para mí.
Jorge Rando, navegando, junio 2010
Cuando por las mañanas entro en mi estudio para preparar “mi día laboral”, siempre se repite el “casi” mismo ritual, que comienza con el olfato. Los sentidos son como la sombra, que siempre te acompaña. Si te detienes a pensar en el proceso de la creación, te das cuenta de la importancia que tienen todos los sentidos que nos han sido concedidos por el Supremo Creador.
No voy a analizar en este escrito la importancia de cada uno de ellos, pero sí voy a hacer hoy mención a la vista.
La mirada explora y abre camino al proceso de la creación artística, en la que tomarán parte y protagonismo los demás sentidos para hacer completa la obra del artista. Al escribir estos pensamientos lo que deseo es que el espectador de una obra de arte, para comunicarse con ella, sea consciente de que el artista ha puesto realmente sus “cinco sentidos”, para hacer posible la producción de la misma.
Saber utilizar todos estos dones que se les concede a los artistas para la consecución de sus obras depende sólo y exclusivamente de ellos, cada uno dentro de sus posibilidades y preparación.
Si observamos las obras de los diferentes artistas nos daremos perfecta cuenta de la base en que están construidas. Todas las bases son válidas siempre que sepas mantener la estructura del trabajo bien realizado. No voy a terminar estas letras sin hablar de la pintura en concreto. El acto de pintar no se acaba en preparar un lienzo y plasmar “algo”. Eso puede ser el principio del camino; llegar al final es ese “algo” convertido en una síntesis que, habiendo llegado del exterior, pase a ser parte intrínseca del pintor, para que lo pueda plasmar en el lienzo con todos sus sentidos y componentes de que sea capaz a fin de conseguir esa obra realizada con entera libertad y sin ninguna servidumbre.
Jorge Rando, Málaga, junio 2010
Hace unos meses se clausuró una exposición itinerante con la prostitución como tema monográfico. Se inauguró en Málaga para, a continuación, viajar a Nueva York, donde permaneció tres meses.
De EE UU regresó a Madrid, y una vez terminado su periplo en España, se trasladó a Alemania, recorriendo varias ciudades de ese país.
La muestra era muy amplia y sólo tocaba el tema de la prostitución.
Hoy siento la necesidad de plasmar en unas líneas el por qué de esos cuadros.
Cuando me enfrenté a éste, considerado por mí, denigrante problema que afecta sobre todo a la mujer, no me detuve a analizar las causas por las que llegan a esa estación...ya sea obligadas por las mafias, por la droga, por necesidad y ... por qué no, también por propia voluntad. No quise, repito, detenerme en las causas, sino en la realidad que tenemos a nuestro alrededor, cada vez más lacerante y cruel. Esa huida a la desesperanza... esa huida a ese túnel negro... del cual sí creo se puede salir. Siempre hay una luz en algún lugar que nos alumbrará para salir de las malditas tinieblas y nos señalará el camino de la dignidad humana... y por qué no, el camino que nos llevará a la luz de las luces.
Volviendo a mis pinturas que yo titulaba “la mirada ascética en la pintura” o también “la prostitución en la pintura de Rando”, lo que yo pretendo es darle un espacio a la mujer en esa “etapa de su vida”, porque sólo es eso, una etapa en la vida de esas mujeres, de esos jóvenes, de esos niños... La vida no comienza ni termina con la esclavitud de la prostitución. Se puede salir de esa cárcel, se debe salir de ese campo de espinos, aunque sea con heridas profundas, con heridas envenenadas que posiblemente te acompañarán durante toda la vida.
Y, ¿qué hace el pintor? Mostrar en sus cuadros esa realidad. Y ¿para qué? Para que el espectador, “el mirador de cuadros”, actúe.
Yo no denuncio. Jamás hiero la dignidad de la personas en esa “etapa de su vida”; sólo pinto dicha realidad, para que actuemos, para que hagamos algo, aunque sea rezar, que ya es mucho. No debemos quedarnos impasibles esperando la próxima noticia sobre otra muerte u otras violaciones, en ese horrible y cruel mercado de la carne... y del espíritu. ¡Actuemos! ¡No seamos cobardes!
Jorge Rando, Málaga, junio 2010
El expresionismo fue un movimiento que rompió con el concepto que se tenía a finales del Siglo XIX sobre la pintura. Ya anteriormente los fovistas habían hecho del color el protagonista en sus creaciones.
Los expresionistas lograron que el color venciera a la forma, se deshicieron de todas las ataduras que aún podían encorsetar a la pintura y abrieron el camino que llega a la abstracción, son los que, en esa búsqueda de la esencia en la pintura, llegan a la abstracción aunque, como ya he expuesto en algunas de mis reflexiones, la abstracción es un camino de ida y vuelta; por eso, mi opinión es que el “mote” neoexpresionismo abstracto no debía de existir, ya que, si la abstracción es una meta a la que se llega en el intento del artista en la búsqueda y síntesis de lo esencial en la pintura, una vez que se haya “cocido” todo en su interior y siempre, partiendo de una realidad..., es por lo que, repito, querer presentar el neoexpresionismo abstracto como un movimiento nuevo e independiente, que comienza y termina con el concepto de la abstracción, es equivocado y a la vez ha servido para que sea un refugio de muchos vividores del arte, que han cometido el gran sacrilegio del Siglo XXI.
No quiero terminar estos pensamientos y reflexiones, tan a propósito para este siglo en que está todo tan politizado (sobre todo en nuestra España), sin clamar que dejen de hacer política virtual y hagan política real. Yo exigiría a los que nos dirigen y representan, a los que hacen las leyes por las que nos regimos, que imiten el camino que durante los siglos ha seguido el arte, en la pintura, la escultura, la literatura, la música, en el cine, etc., que siempre ha traspasado fronteras, ha buscado nuevas formas, ha explorado nuevos horizontes y ha unido a los pueblos en una causa común: la búsqueda de la belleza, destruyendo muros, y siempre de forma universal.
Por eso yo estoy convencido, y siempre lo proclamo así, que el alma de las ciudades es el arte, siendo el alma de las civilizaciones el amor. Y el gran Amor es el Creador, y nosotros los artistas, los “peones”, que tenemos que sembrar en el mundo la semilla del amor.
Jorge Rando, Hamburgo, septiembre 2010
En el arte no debía de existir ninguna regla que lo estrangule. Ya en el Siglo XIX los artistas comenzaron a despojarse de todas las normas que encorsetaban el Arte, dando salida a un “arte libre” expresado con un lenguaje propio.
Este pequeño preámbulo no pretende dar una opinión sobre la evolución del arte en los últimos siglos, sino que me da un punto de partida para recordarnos a los artistas que estemos atentos y despiertos; y que no nos dejemos engañar por el “canto de sirena” del “mercado del arte”, de esos mercachifles que quieren dictar unas normas “ya derogadas”, en lo que “ellos” llaman movimientos vanguardistas actuales.
Que los artistas no caigamos en una trampa que nos prive de la libertad y que sigamos el camino, nuestro camino, el que nos hemos trazado en el proceso de la creación, con un lenguaje propio... el nuestro, el que cada uno tenemos para expresarnos. Ya no existen trabas en el arte. Cada artista puede, y debe, con su lenguaje expresar sus sensaciones, sus denuncias, su amor... en fin, lo que quiera, con la libertad que le ofrece el arte.
Jorge Rando, Hamburgo, septiembre 2010
¿Influye el estado de ánimo del artista en el resultado final de su obra? Yo contestaría que sí. Los estados de ánimo en el hombre son cambiantes, dependiendo del momento, las circunstancias y también de las sensaciones que le producen todo lo que le rodea y las propias inherentes a sus sentimientos, ya sean momentáneos o profundamente arraigados.
Todas estas sensaciones que el artista percibe las interioriza y las hará suyas consciente o inconscientemente a la hora de acometer su trabajo, sin que “esa influencia” en su estado de ánimo haga distinción entre los diferentes temas de la obra a realizar. Quiero con esto decir que si el artista (pintor, en mi caso) está inmerso en una temática... como puede ser África, (ese continente en el que están ocurriendo esos terribles horrores), y si durante ese periodo el artista, para descansar de la presión que le producen esas imágenes plasmadas en el lienzo, decide realizar algunas obras “más relajantes”, incluso románticas, siempre, esas otras obras intercaladas temporalmente serán también duras, como es duro el tema que ha acaparado y sigue acaparando su mente mientras que no haya dado por terminado el tema al que se ha entregado en cuerpo y alma; y no descansará hasta que no saque al exterior todos esos cuadros que su mente ya ha pintado.
Y termino estas reflexiones como comencé: El estado de ánimo del artista, aunque sea de una forma inconsciente, influye en el resultado final de la obra.
Jorge Rando, Hamburgo, septiembre 2010
Para desarrollar este pensamiento y reflexionar sobre él se necesitaría todo un tratado extenso. Yo, aquí ahora, quiero exponer “mi tratado”, “mis reflexiones”; y me voy a apropiar de la palabra dimensión para que me pueda ayudar a explicar...me lo que yo considero como las diferentes dimensiones en la pintura, en las que ni el pintor puede prescindir del lienzo, pinceles o colores, ni tampoco de la espiritualidad para la consecución de la obra de arte. Esto significa partir del concepto filosófico de la pintura, y hacer de lo que podía ser la figura central, el pintor, el instrumento del que se vale el cuadro para pintarse a sí mismo..., que tenga su vida propia, como hemos oído muchas veces, pero que casi siempre se ha quedado en palabras vanas que, incluso, quien las pronunciaba no las creía..., sólo que “quedaba muy bien”, “muy poético”..., pero... ¿Por qué el artista no puede llegar a entregarse totalmente y ser utilizado como instrumento para hacer el trabajo material de la creación?... Y aquí es cuando entramos en el concepto teológico de la pintura.
Volviendo a mis dimensiones en la pintura, -que ya desarrollaré en un futuro más extensamente-, significaría que la primera dimensión es la existencia del pintor y su entorno. La segunda dimensión la consigue el artista en el acto de pintar. A la tercera dimensión el pintor llega a ella por la escultura. La cuarta dimensión es la de la espiritualidad del hombre-pintor. La quinta dimensión, ¡aquí es donde está la madre del cordero!, ¡aquí es donde está la contestación a todas las preguntas en la pintura!, ¡aquí es donde está el súmmum del arte!, ¡aquí es donde el concepto filosófico de la pintura se convierte en teología!, ¡aquí es donde el cuadro se pinta solo!
Esta es la dimensión a la que me gustaría llegar, aunque sólo fuese asomarme a ella, entregarme con mis pinceles, mis colores y mis conocimientos para ser utilizado por el único Creador, a fin de que el lienzo recree la obra de arte.
Como decía al principio de estas reflexiones, y si soy capaz, seguiré desarrollando “mi tratado” sobre las dimensiones en la pintura, sobre todo la quinta dimensión, que ampliaré en mi próxima exposición escrita.
Jorge Rando, Hamburgo, septiembre 2010
En comentarios y diálogos sobre la pintura y los pintores se oye a veces decir que éste u otro artista han triunfado.
Y yo me pregunto... ¿Qué es el triunfo de un pintor? ¿Cómo se calibra ese triunfo?... ¿Por su cotización?... ¿Por su reconocimiento internacional?... Podríamos seguir añadiendo preguntas para buscar una respuesta que, en ocasiones, se la podría hacer el artista a sí mismo. Personalmente he escuchado muy a menudo, en conversaciones sobre arte, hablar de artistas que han triunfado, pero... ¿dónde está realmente el triunfo del pintor? Yo estoy convencido de tener la respuesta, cual es la de que el triunfo del pintor está en el acto mismo de pintar, en el momento en que se enfrenta al lienzo virgen y comienza a darle vida. En ese momento, repito, es cuando está triunfando. ¡Pintar, ése es el gran triunfo del pintor!
Jorge Rando, Hamburgo, septiembre 2010